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viernes, 19 de junio de 2026

Calle Coruña, caminando sola...


Calle Coruña, caminando sola

    Hubo un tiempo en que Ourense estaba sobrado de calles huérfanas de nombre o con alguno prestado. Antes de 1952, si le preguntabas a un vecino por el vial que hoy nos ocupa, probablemente te respondería que era, simplemente, la calle del Posío. Y sería cierto, pero ocurriría lo mismo si tu pregunta se refería a la parte superior del jardín o a la de su izquierda. No tenían nombre propio porque no lo necesitaban; el jardín más emblemático de la ciudad las tenía como parte propia. Nuestra ciudad, a principios de los cincuenta, empezaba a desperezarse, a querer "estirar las piernas" más allá de su casco histórico, y esa zona era el ejemplo perfecto de aquel crecimiento.

Fue en 1952 cuando la calle empezó a reclamar su mayoría de edad y pasó a llamarse calle Coruña. Y no nació de cualquier manera: se transformó en uno de los viales más anchos de la capital ourensana. Parecía que sus diseñadores estaban pensando en los finales de etapa al esprint de la Vuelta a España. El motivo de tal despliegue no era otro que la modernidad ferroviaria: la calle nacía con la misión de dar servicio a la nueva estación de ferrocarril del centro.

Si miramos las fotos de la época, veréis que en los pies de foto originales se hablaba del Apeadero de San Cosme, aunque todos terminamos conociéndola como la Estación de San Francisco. Para muchos ourensanos de entonces, aquello fue un sueño hecho realidad. Imaginaos la escena: la posibilidad de bajarse del tren y, en apenas unos minutos de caminata, estar dejando la maleta en el pasillo de casa. Durante años, esa fue la gran promesa; una opción cómoda que pretendía evitar el "viaje" que suponía entonces ir hasta la Estación del Empalme. Sin embargo, la historia tiene sus caprichos. A pesar de la anchura de la calle Coruña y de la monumentalidad del proyecto, la realidad es que nunca llegó a tener un uso masivo. Se quedó en una estación con alma de barrio, un lugar de paso pausado. Incluso en más de una ocasión se planteó utilizar la vía como un enlace rápido entre el barrio del Puente y el centro, una suerte de "metro en superficie" que habría cambiado la fisonomía de nuestra movilidad. Pero, como tantas otras ideas, se quedó en el tintero. Hoy, la estación sigue estando infrautilizada, mientras mercancías y viajeros continúan utilizando masivamente El Empalme.

Museo Etnoloxico de Ribadavia.Xunta de Galicia. fondo Pacheco.(original)

        Pero dejemos la estación a un lado, que ella merece su propio capítulo. Hoy mi intención es que bajemos a la calle, a esa zona inferior que en las fotografías antiguas cuesta tanto reconocer. Charlaba el otro día con unas ourensanas que aún guardan el brillo de los años cincuenta en los ojos; de esos informantes privilegiados que paseaban la calle a diario y conocían a cada vecino por su nombre. Me contaban que la calle comenzaba con un edificio de una sola planta que guardaba un secreto de gasoil y metal: el acceso a un gran patio interior donde descansaban los autobuses de Freire.

Aquí la memoria de mis informantes es nítida, aunque los archivos a veces sean más tercos a la hora de soltar datos. Cuentan que aquellos autobuses daban servicio exclusivamente a la estación de tren, funcionando de una manera muy similar a lo que hoy son nuestros urbanos, pero con ese sabor artesanal de la época. Podías oír el rugido de los motores al arrancar por la mañana, un sonido que anunciaba que el día se ponía en marcha. No he podido contrastar de manera suficiente el nombre de la empresa y su trayecto, pero seguro que es más o menos "ese"; los expertos ya me corregirán.

Justo a continuación del patio de los autobuses, el olfato tomaba el relevo del oído. Allí estaba el horno de la panadería Barcoleón. Imaginaos ese aroma a pan recién hecho inundando la calle Coruña de buena mañana; era el perfume del barrio que, según cómo girase el viento, podía mezclarse con el de la cercana fábrica de chocolate de Nuestra Señora de los Remedios. ¡Ya teníamos el desayuno completo! El negocio lo regentaba un matrimonio que tenía en casa a tres o cuatro "angelitos". Y lo digo entre comillas porque, según me cuentan con una sonrisa, era casi imposible verlos juntos para poderlos contar. Con frecuencia, su vitalidad obligaba a intervenir a las vecinas más ilustres de la acera: las monjas.

        Era un contraste precioso. Al lado de la panadería se encontraba el convento y la capilla de las Siervas de María "Salud de los enfermos". Allí, la congregación contaba con la guía espiritual de don Antonio Jaunsaras, todo un personaje por su carisma como sacerdote y por su sabiduría musical. Era el refugio del silencio y la oración. Pero cuando los niños de Barcoleón decidían organizar sus "combates pugilísticos" en plena calle, la paz del convento se veía interrumpida por el jaleo de la infancia más pura. Eran cosas de niños, claro, pero los enfrentamientos debían de ser dignos de una velada de boxeo en el pabellón. Como curiosidad histórica, me cuentan que la figura de la fundadora, madre María Soledad Torres Acosta, que presidía la capilla, se conserva hoy en la iglesia de San Pedro de Moreiras. Un pedacito de la calle Coruña que se nos fue al campo.

Siguiendo nuestro paseo hacia arriba, nos encontrábamos con un lote de edificaciones que pertenecían a una sola propietaria: se las conocía popularmente como las "Siete Casiñas". En la primera de ellas vivía un camionero que era la envidia de cualquier conductor actual. Por aquel entonces, el tema del aparcamiento era una maravilla; el hombre simplemente llegaba y dejaba su camión plantado delante de la puerta. Sin multas, sin vados, sin vueltas a la manzana. La calle era, en el sentido más literal, una extensión del hogar. ¡Ah! Y en aquellos tiempos no tenía que preocuparse del robo de gasoil, ni siquiera del camión, que más de una vez quedaba abierto.

En el bajo de la casa donde vivía la dueña de todo el lote, el ruido del metal volvía a aparecer, pero esta vez con olor a aceite de motor, pues allí se ubicaba un taller de automóviles Garaje Sampayo. Al lado, en una casita que solo tenía planta baja, se encontraba una pescadería que traía el olor del mar al centro de la ciudad. Era el "barrio total": en menos de cien metros desayunabas y, a media mañana, ya te relamías pensando en unas sardinas asadas con una rebanada de aquel pan de bolla.

Solo faltaba el postre para terminar este tramo de la memoria. No podemos olvidar la casa-tienda y fábrica de un heladero de los de antes Jose Gallego Cid. De esos que no esperaban a que el cliente viniera, sino que salían con su carrito a repartir mercancía y sonrisas por todo Ourense. Eran tiempos en los que ser autónomo no tenía tantas trabas ni papeleos; bastaba con tener un buen producto y ganas de caminar. Aquel heladero era uno de los que habían preferido el autoempleo; probablemente había aprendido el oficio con la gente de La Paloma o la de La Ibense, pero prefería arriesgarse a ser su propio patrón. En la zona del jardín, entre él y el famoso Espina, daban cobertura a todas las necesidades en verano. En invierno ya era otro tema, pero para eso en la tienda tenía casi de todo.

Hoy, cuando paséis por la calle Coruña, os invito a que no solo miréis el asfalto o los edificios modernos que han arrasado aquel pasado; hasta la capilla se ha ido. Buscad con la mirada ese lugar donde el camión descansaba en la puerta o imaginad, por un momento, a los niños de Barcoleón ensayando un derechazo ante la mirada reprobatoria, pero cariñosa, de una monja. Porque una calle no son solo sus límites laterales; son las historias de quienes la hicieron caminar por primera vez. Menos mal que siempre nos quedará el Posío…


Foto tratada con I.A.

viernes, 5 de junio de 2026

Pasado, .... y futuro de las ferias ourensanas

 

Fotos José Suarez 1934 para el diario Ahora 

Pasado …. y futuro de las ferias

Hace ya tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta despistada, plantas y el clásico puesto de "semi-antigüedades" que tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.

Lo cierto es que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!

Me asaltan estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento, me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora. No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el motor imprescindible de Galicia, y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su declive, de su "muerte" lenta pero inexorable.

Aquel artículo de 1934, titulado "Esplendor y muerte de la feria gallega", cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: —Amigo Suárez, ¿cómo están tan tristes estas gentes de la feria?—, el fotógrafo, con su máquina al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.

Fotografia José Suarez

Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos días:

En 1907 vino de América mi tío Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos. Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas. Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito. La escuela, las "novillos" y las sangrientas descalabraduras en la cabeza.

—Dejadme al chico para llevarlo a América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.

América era aún la gran ilusión. Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos, provincia de Lugo.

Allí conocí la feria gallega. No recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por vez primera el goloso anís dulce…..

Durante décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas, rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que llegaban cada mes con la promesa de "compraremos el campo de tal" sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los "indianos" circulaba con una energía heroica. En esos años de esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las mejores bestias y las ropas recién compradas.

Fotografia José Suarez

Sin embargo, para 1934, ese río de plata se había secado. Pumarega y Suárez retrataron el final de una era. De América ya no llegaba nada y la crisis golpeaba los hogares gallegos. Los cobertizos de comida, antes llenos de humo y risas, estaban casi desiertos. "¡Cuántos presuntos vendedores volvieron a sus casas sin haber vendido nada y hasta sin comer!", lamentaba el periodista. La feria, que había sido el termómetro de la prosperidad agraria, marcaba ahora una fiebre de resignación y cansancio.

Los que nos cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances, los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad intenta birlar una cartera al despistado paseante.

Y hablando de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía parecer tonto, pero... ¡la retranca orensana siempre iba un paso por delante!

Al leer a Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en 2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época, unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.

La evolución es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa "energía silenciosa" de nuestros antepasados. Las ferias de hoy son distintas, quizás más descafeinadas, pero guardan en su ADN ese espíritu de comunidad.

A veces, cuando paso por el Couto y veo edificios que guardan tanta historia social, o cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa: recuperar estos textos, estas miradas de Suárez, y ponerlas ante vuestros ojos para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive, pero nuestra memoria no debe estarlo.

Seguiremos buscando esas "alegrías ruidosas" entre los papeles viejos y las fotografías de plata, intentando comprender si este camino de progreso nos lleva realmente a un lugar mejor o si, como aquel niño que se embriagó con anís dulce en Castroverde, solo estamos dando vueltas en un sueño envuelto en una vaga neblina. Mientras tanto, nos vemos en la próxima feria, aunque solo sea para compartir un plato de pulpo...

Si podéis, os aconsejo leer el texto de Pumarega y ver el resto de fotos de Suárez de la feria alaricana; ellos lo expresaron mejor que yo, sin duda.

(Diario Ahora, 4 de enero de 1934).

viernes, 29 de mayo de 2026

El Jardin Maternal "Couto" 1943-....

La valla de madera y las calles sin rematar contrastaban con la instalación en aquel año 43

 Próximo a llegar a los 85 años de

un “jardín” en el Couto

A menudo, las ciudades se explican a través de sus grandes monumentos o sus puentes, pero existe otra historia, más silenciosa y humana, que se escribe en el interior de los barrios. El 28 de julio de 1939, Orense no solo ponía la primera piedra de un edificio; estaba cimentando una de las instituciones que con escaso “ruido” más huella ha dejado en la memoria afectiva de los orensanos. Hoy, con la perspectiva que nos dan los casi 85 años transcurridos desde aquel día, el Jardín Maternal del Couto —originalmente bautizado como "Iglesias Ballesteros"— se nos presenta no solo como un centro asistencial, sino como un hito social que sigue prestando un servicio envidiable a la ciudad.

El Couto de finales de los años 30 era un hervidero de gente. Un barrio populoso, de alma trabajadora y zona industrial por excelencia, donde la necesidad de un espacio para el cuidado de los niños era una urgencia real. La construcción del Jardín Maternal fue recibida como una bendición para las familias que necesitaban un lugar seguro y digno donde dejar a sus hijos mientras cumplían con sus jornadas laborales.

Lo que se proyectó no fue un simple edificio funcional, sino un auténtico oasis urbano. El centro nació rodeado de una extensión de terreno que hoy nos parecería un lujo: jardines cuidados, campos de juego y una zona de bosque que permitía a los pequeños orensanos crecer en contacto con la naturaleza sin salir de la ciudad.

Uno de los grandes orgullos del proyecto fue su piscina. Hoy estamos acostumbrados a las instalaciones deportivas municipales, pero en aquel entonces, contar con una piscina en Orense era algo extraordinario. De hecho, fue la primera piscina pública de la ciudad, aunque con un matiz importante: su uso estaba reservado exclusivamente para los pequeños del centro.

Aquella piscina no era solo un lugar de recreo; se diseñó pensando en el "vigor físico", en una época donde la salud infantil era una preocupación constante. Sin embargo, su historia fue breve. Mantener una instalación de ese tipo en aquellos años no era tarea fácil. Los costes de conservación y los problemas técnicos de la época hicieron que, pocos años después de la inauguración, tuviera que cerrarse, y si no me equivoco hoy sería cuestión de quitar la tierra que la cubre para recuperarla. A esto se sumaba un factor logístico curioso: durante el verano, que era cuando la piscina habría tenido más sentido, el número de niños en el centro descendía notablemente, los abuelos y las vacaciones paternas, solían influir en cambiar la ciudad por el pueblo, lo que hacía que su mantenimiento fuera poco práctico para la institución.

Fotografía publicada con motivo de la inauguración en el diario El pueblo Gallego, 

Más allá de su función como guardería para las familias trabajadoras, el centro cumplió una labor humanitaria fundamental al acoger a niños de familias muy humildes. Eran años difíciles, de posguerra, donde muchos niños se encontraban en una situación de vulnerabilidad extrema. Para ellos, el Jardín Maternal no era solo un lugar de paso, sino un verdadero hogar donde se les proporcionaba algo que el centro definía con una frase hermosa: "el alimento de la ilusión".

Allí, los niños de familias con escasos recursos encontraban no solo comida y enseñanzas, sino juguetes y un entorno diseñado específicamente para ellos, tengo que indagar el tema pero creo que no pernoctaban en el centro. En el discurso de inauguración se mencionaba que muchos de estos pequeños jamás habrían visto esos juguetes de no ser a través de los escaparates de las tiendas de la calle Paseo. Entrar en el centro significaba, para muchos, dejar atrás la precariedad de la calle para acceder a una infancia protegida, con ropa limpia, revisiones médicas en su clínica moderna y una educación que empezaba por los rudimentos del saber y el respeto.

No podemos hablar del Jardín Maternal sin mencionar a su artífice, el arquitecto Mariano Rodríguez Sanz. Supo interpretar perfectamente que un espacio para niños debía ser alegre y luminoso. Su diseño rompió moldes con lo que se estilaba en la ciudad:

Los pasillos de cristal y los inmensos ventanales permitían que el sol entrara de lleno en las salas de clase, creando un ambiente saludable y lleno de energía. El edificio no escatimaba en belleza. El famoso azulejo de la cerámica Zuloaga de Segovia en la fachada, representando a la patrona de la institución, era una joya que espero que a pesar de las sucesivas reformas se haya conservado…

Esos detalles, junto al mobiliario diseñado a medida, hablaban de un "estilo nuevo e infantil" que buscaba dignificar la estancia de los menores. El centro contaba con una sala de estar de estilo vasco y un hall elegante presidido por la memoria de quien daba nombre al centro, José Iglesias Ballesteros. Todo estaba montado con lo que las crónicas de la época llamaban "un gusto refinado", desde la cocina rebosante de limpieza hasta el despacho de dirección.

Los vecinos del barrio se fotografiaban en el entorno de las instalaciones. Lela,_ Pilocha....

El día que se abrieron las puertas, Orense se volcó con la institución. Tras la bendición del vicario capitular de la Diócesis, los asistentes recorrieron cada rincón, asombrados por la modernidad de la clínica sanitaria y el material pedagógico, que incluía algo tan avanzado para 1943 como un aparato de radio en la sala de clases.

Para cerrar aquel día histórico, se sirvió una comida a los niños que quedó registrada como un ejemplo de la atención que se les quería brindar: entremeses, puré de patatas, merluza en salsa, carne rellena y el toque dulce del brazo de gitano. Era la puesta en escena de un compromiso que, más allá de la política de la época, buscaba paliar el hambre y la orfandad en una ciudad que intentaba reconstruirse.

Es admirable comprobar cómo, casi 85 años después, ese edificio sigue en pie cumpliendo su cometido original. Aunque los tiempos han cambiado y las necesidades de las familias son otras, el espíritu de servicio permanece intacto.

Hoy en día, el Jardín Maternal del Couto, reformado y ampliado sigue siendo considerada una de las mejores guarderías de toda Galicia. Ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, modernizando su pedagogía pero manteniendo esa ubicación privilegiada y esa estructura que Mariano Rodríguez Sanz diseñó para que los niños fueran los verdaderos señores de la casa.

Para los que amamos la historia de Orense, el Jardín del Couto es mucho más que una guardería; es un recordatorio de que, incluso en los tiempos más sombríos, nuestra ciudad fue capaz de levantar edificios destinados a proteger lo más valioso que tenemos: el futuro de nuestros niños. Pasear hoy por sus alrededores, escuchar el griterío de los pequeños jugando donde hace décadas lo hacían otros niños en situaciones mucho más duras, es una de las mejores formas de sentir el pulso de nuestra historia local.

1956, Don José y niñas de 1ª Comunión aún se podía ver en la fachada el azulejo de la empresa Zuloaga. 


viernes, 22 de mayo de 2026

La historia de Vespa en Ourense

El comienzo. Kaifer & Garaje Americano 

 La Vespa en Ourense.

Camino de los 75 años.

En el mundo del motor, nadie duda de que el SEAT 600 ha sido el coche más icónico para los españoles; sin embargo, en el ámbito de las dos ruedas —y a pesar de ser un scooter—, la Vespa reina de forma indiscutible desde 1946.

            Como ocurre con la mayoría de los grandes inventos, la Vespa nació de la necesidad, ofreciendo una solución ingeniosa a los retos de su época. En primer lugar, facilitó la movilidad con un vehículo asequible durante los difíciles años de la posguerra. En segundo, priorizó la fiabilidad sobre la velocidad, apostando por una postura de conducción excepcionalmente cómoda.

            La sociedad europea no tardó en adoptarla. Fue celebrada como un vehículo ideal para el público femenino, ya que permitía conducir con la naturalidad de quien se sienta en una silla. No obstante, no fueron las únicas en caer rendidas a sus encantos: los médicos rurales sustituyeron burros y caballos por este nuevo medio de transporte. A ellos se sumaron rápidamente —no sin esfuerzo, pues aunque barata, suponía una inversión— carteros, fotógrafos y sacerdotes de todos los pueblos de la geografía española.

            Hablar de la Vespa en Galicia exige una parada en Vigo, la tercera ciudad de España en contar con un concesionario oficial de la marca. Este hito llegó de la mano del empresario Luis Kaifer Olona, una figura incansable que ya había cosechado éxitos en diversos sectores.

            Su trayectoria pública comenzó en 1925 como representante en Galicia de la sociedad Tubos Forjados de Bilbao (no lo puedo asegurar pero creo que tenía orígenes vascos). Además de su faceta empresarial, Kaifer destacó como un deportista activo y un firme colaborador en el fomento del deporte local, lo que le valió el reconocimiento y el respeto de la sociedad de la época.

            Con el incipiente desarrollo de la automoción, Kaifer apostó decididamente por el sector. Grandes firmas le confiaron sus representaciones, convirtiendo su almacén en un punto estratégico para todo tipo de componentes, desde frenos y amortiguadores hasta neumáticos de marcas como Pirelli o Firestone. En cuanto a vehículos, distribuyó con éxito marcas como Fiat, Dodge y Ford. Balilla y Topolino fueron otros de sus éxitos.

            Su influencia también fue clave para la provincia de Ourense. Hacia 1954, apenas un año después de asumir la representación de Vespa en Vigo, Kaifer detectó el creciente mercado ourensano. Para atender esta demanda, llegó a un acuerdo con el Garaje Americano, ellos colaboraban en las ventas y Kaifer enviaba a mecánicos especializados varios días al mes, garantizando así el servicio técnico oficial en la ciudad de las Burgas. Sin embargo, el servicio técnico puntual no era suficiente; el éxito de ventas de la marca hacía imprescindible un concesionario oficial en la ciudad. El encargado de asumir este reto fue Rogelio Fernández, quien creó la firma FERQUIN, Fernández-Quintas, apellidos de sus hijos.

Rizo, era uno de los usuarios de este vehículo, pero al mismo tiempo, cuando veía uno por las calles no podía evitar fotografiarlo

El negocio nació inicialmente en la calle Progreso, junto a la confitería Milhojas, pero pronto se trasladó en busca de mayor visibilidad a la calle del Paseo. Allí, Ferquin ofrecía un catálogo propio de la época, donde convivían las flamantes Vespas con las máquinas de coser Refrey o las lavadoras Bru.

Gonzalo Belay, se marchaba de vacaciones y demostraba que la Vespa era un vehiculo familiar. Ademas de llevar todos los pertrechos que usarían en el Camping (incluida la pelota de playa), su mujer y su hijo lo acompañaban. Toda una proeza

            De aquellos años queda una curiosa anécdota, relatada por José Antonio Feijoo, sobre la sana rivalidad —el "pique"— entre Ferquin y JELASA (Jesús Lago y Lago), el distribuidor de Lambretta. Uno de los grandes argumentos de venta de Ferquin era la seguridad: criticaban que el faro de la Lambretta, al ir fijo en el escudo, no iluminaba el trazado en las curvas. Por el contrario, la Vespa, al llevar el foco integrado en el manillar, permitía dirigir la luz hacia donde apuntaba la rueda, una ventaja competitiva que se convirtió en todo un lema de la casa.

            El siguiente paso en esta historia (circa 1962), llegó de la mano del célebre: Delio Rodríguez, quien supo ver en la Vespa el complemento perfecto para su especialidad: las bicicletas. Así, durante un tiempo, la avenida de la Habana fue testigo de la convivencia entre las monturas de Orbea y los motores de Vespa.

            Sin embargo, esta alianza no duró mucho. A Delio se le presentó la oportunidad de introducir en sus tiendas una gama de «vehículos de grandes usuarios» a la que no pudo resistirse. Me refiero, por supuesto —valga la broma—, a las sillas y los coches de bebé, que acabaron desplazando a las motocicletas en su escaparate.

Anuncio y precios de aquellos tiempos

            Nos acercamos a la actualidad, que supone el periodo más longevo de un distribuidor de la marca. Me refiero a Hermanos Abad, una firma que ya contaba con gran experiencia: desde el año 1958 distribuía marcas como MV Agusta o B.S.A., todo un lujo. La mayoría los recordamos en la avenida de las Caldas, a la entrada del Puente Viejo, pero también tuvieron una exposición y venta en la calle Concejo antes de trasladarse a su ubicación actual en la zona universitaria.

            Ellos gestionaron la marca hasta el siglo XXI y, bajo su dirección, la Vespa vivió su momento de mayor esplendor. Hoy la concesión está en manos de Motos Ucha, pero eso ya forma parte del presente.

               Mi agradecimiento a Tito Abad (Hermanos Abad) y a José Antonio Feijoo por cederme parte de sus recuerdos para completar esta historia.

Esta es la responsable de este artículo, y de la creación del grupo Aquellos Cacharros ourensanos, en Facebook, con el que unos 9000 ourensanos estamos recuperando las imágenes de vehículos con matricula de nuestra provincia anteriores a los años 70.  A día de hoy se conocen mas de 1000 vehículos de esa época.





viernes, 15 de mayo de 2026

El Tarzán Orensano. 1950


 El Tarzán Ourensano

 Un misterio de 1950.

Los años de posguerra no fueron fáciles, y menos para familias que habían quedado rotas o que ya con anterioridad sufrían problemas. El caso más frecuente era el de niños con enfermedades mentales a los que la falta de ayuda social condenaba en muchos casos al encierro o al abandono. En el mejor de los escenarios cuando la familia era pudiente, su vida transcurría bajo una continua vigilancia y en casos críticos el medico incluso aconsejaba que se les atara.

En la ciudad fueron varios los casos conocidos, pero son los desconocidos los mas graves, ya que suponían abandonos e incluso crímenes. Hoy sin embargo no me apetece recordar algo tan desagradable, así que aprovechare para recuperar una historia que apareció en mis consultas mientras intentaba documentar sucesos similares. Hoy recordaremos al “Tarzán orensano”.

El personaje de Tarzán de los monos, creado por Edgar Rice Burroughs, es conocido desde 1912, No obstante no fue hasta la década de 1930 cuando alcanzó fama mundial, gracias a la interpretación del atleta Johnny Weissmüller en la gran pantalla. En Ourense tuvimos nuestro propio Tarzán aunque su historia fue mucho menos cinematográfica y su desenlace, aunque satisfactorio, dejó tras de sí numerosas incógnitas.

 Todo comenzó la tarde-noche del sábado 2 de septiembre de 1950. Un grupo de gente que estaba en torno a las vías del tren en las Caldas, vio a lo lejos lo que parecía una niña, con ropas raídas y desaliñadas. En un primer momento la figura intento huir, pero intuyendo que necesitaba ayuda la siguieron hasta conseguir detenerla. La primera sorpresa, fue su aspecto totalmente desaliñado, y la comprobación que no era una niña, sino un chico con el pelo tan largo que le llegaba a la cintura. Iba descalzo y vestía una camisola tan deteriorada por el tiempo que a duras penas le cubría el cuerpo.

 En un primer momento se hizo cargo del niño Carmen la guardesa de las obras del ferrocarril, quien le proporciono ropa y comida. Al mismo tiempo se avisaba a las autoridades, que llegaron con la idea de trasladarlo al asilo de la Barrera, mientras se realizaban averiguaciones.

Durante el tiempo que permaneció con Carmen, el joven fue incapaz de articular palabra alguna; solo emitía gritos y sonidos guturales que recordaban a los de un animal. Una vez ingresado en el asilo, y tras comprobar que no mostraba signos de agresividad, se le permitió interactuar con otros niños. Estos, en un intento por comunicarse, comenzaron a recitar nombres al azar para ver si reaccionaba. Al pronunciar "Javier", creyeron detectar un leve gesto de asentimiento, por lo que se asumió que ese era su nombre.

Esa estancia en el centro, fue muy breve, ya que el chico en cuanto pudo se escapó. Tal vez tantas miradas y preguntas fueran excesivas para alguien que aparentaba llevar viviendo tanto tiempo en soledad.

El niño jugando con un reloj en el asilo de la barrera.

Rápidamente las fuerzas locales se dispusieron en su busca, pero de nuevo fue una casualidad la que facilito encontrarlo. Entre dos vagones de la estación, un operario del ferrocarril lo encontró al día siguiente y nuevamente volvió a recluirse en el asilo de la barrera. Comenzaba así la labor de intentar identificarlo y explicar que había sucedido. No existía en los alrededores de la ciudad ningún reporte de desaparición que coincidiera con sus características, lo que sugería que el joven podría haber estado vagando por los montes durante más de un año.

 Pasado un mes de estancia en el asilo de la barrera casi se podía decir que estaba integrado, eso sí, pasando por alto otras dos fugas y otros tantos intentos fallidos. El principal problema era la comunicación, ya que prácticamente no pronunciaba palabras. Se le notaba interés y ganas de hablar, pero su vocabulario se reducía a una docena de palabras que repetía al escucharlas. Un detalle que fue decisivo: en algunos momentos usó palabras más habituales en Portugal que aquí, como bola por pelota, o carro por coche….

Eso sumado a la falta de posibles casos de huida o desaparición en el entorno, obligó a ampliar el radio de acción, para encontrar su origen. Uno a uno se fueron descartando los posibles casos de desaparición en la provincia, Al final se pensó en un posible deambular del muchacho desde algún lugar mucho más lejano. A esa teoría se sumaba la tendencia del chico a esconderse en la zona del ferrocarril, lo que hacia pensar en una cierta familiaridad.  En esa tesitura las autoridades decidieron realizar unas fotografías y circularlas por la prensa del norte de Portugal.

«Encontra-se num asilo de Orense ( Espanha) um menor que aparenta 14 ou15 anos, de cabelo castanho e olhos claros. Que naquela cidade foi encontrado abandonado próximo da estaçao do camino de ferro. No dia 1 de setembro do ano corrente.»


 Foto publicada en los diarios portugueses para facilitar su identificación.

© Biblioteca Pública de Braga – Universidade do Minho

No fue de manera inmediata, pero afortunadamente a finales de noviembre una señora portuguesa de la zona de Vila Real, se ponía en contacto con las autoridades para que la ayudaran a recuperar a su hijo al que había identificado en la foto publicada. La alegría fue inmensa dado que desde el mes de abril en que había desaparecido mientras jugaba con otros niños en el pueblo de Valpaços, ya se le había dado por muerto.

Final feliz para una historia que guarda muchas preguntas sin respuesta. A pesar de que he intentado averiguar que fue de ese niño, no he conseguido ningún tipo de información, cierto es que para su total reintegración en la sociedad, buscar la confidencialidad es lo mejor que se puede hacer.

Lo que sí se puede descartar es la mayoría de especulaciones iniciales de la historia que hablaban de un trágico accidente en el que fallecían sus padres, o de malos tratos que le llevaron a escapar al monte, incluso se le suponía testigo de un violento crimen en los montes portugueses. Cierto es solamente que ese muchacho de tan solo 12 años tuvo que afrontar una experiencia durísima, pero que su fortaleza de espíritu le permitió resistir un viaje de mas de 100 km entre Valpaços y Ourense, en el que seguramente se enfrentó a peligros impropios para su edad, además de ser capaz de alimentarse por sí mismo. Me gustaría saber que fue con el tiempo de ese muchacho que probablemente aun siga vivo hoy; tendría, si no me equivoco 88 años, y uno de sus apellidos seria Rey….


Mi agradecimiento a don José Paulo Azevedo da Silva, de la biblioteca pública de Braga por su colaboración.






viernes, 8 de mayo de 2026

Cosas de Don José.... Fatima 2026

Año 1954: el templo estaba sin terminar y el altar ni se había comenzado. Aun así, don José se las arregló para que el día de la Santiña todo se viera perfecto. Coloreada con Inteligencia Artificial

 Fátima 2026.

Las ideas de don José

        Hoy, la Santiña aguarda de nuevo la visita de los ourensanos y reclama su compañía para recorrer sus calles en procesión.

    Es bien sabido que, aunque fueron innumerables los vecinos que colaboraron para fomentar la fe en la Virgen de Fátima, hay un nombre que, sin discusión, encabeza todos los esfuerzos: don José (Monseñor José Álvarez González).

    Que nadie se sienta excluido; es cierto que sin la contribución colectiva nada hubiera sido posible. Desde el obispo Blanco Nájera hasta el más humilde albañil, pasando por una legión de niños y todos los vecinos del Couto. No hablo solo de aportaciones económicas —donde cada uno dio lo que pudo—, sino del trabajo físico y los ánimos para seguir adelante.

    Dicho esto, permitidme volver a don José. A medida que investigo la historia del Santuario, no dejan de sorprenderme sus ideas. Al margen de su conocida "pillería" —como cuando en pleno verano, los camiones cargados con material para las obras del Seminario quedaban estratégicamente "atascados" en el barro frente a Fátima—, su capacidad de gestión era inagotable.

    Organizó recogidas de papel, trapos, cristal y chatarra (una labor que el padre Silva también realizaría años después para Benposta, bautizándola como “Trapabocha”). Con la perspectiva del tiempo, sabemos que una de sus mejores iniciativas para recaudar fondos fue la recogida de metales: se lograron reunir más de 1.800 kilos de cobre en forma de cazuelas y monedas, 500 kilos de bronce, 50 kilos de plata, 4 de oro y más de seiscientas piedras preciosas.

    A esto debemos sumar su incansable labor epistolar. Escribía a todos los ministerios y organismos públicos pidiendo ayuda; aunque muchas veces recibía un "no" por respuesta, no se desanimaba. Cuando no era un año era otro, pero algo siempre terminaba cayendo. A quienes procuraba no "exprimir" era a los particulares, pero cuando lo hacía, obtenía resultados: consta, por ejemplo, que el propio Eduardo Barreiros le prestó su ayuda.

    El tema económico era primordial, pero don José sabía que un edificio vacío no servía de nada. Sus esfuerzos se encaminaban a crear un sentimiento de comunidad parroquial incluso antes de que esta funcionara oficialmente. Su filosofía era tan sencilla como brillante: sembrar felicidad en la infancia para asegurar la fe del mañana. El niño que hoy ríe en la parroquia es el padre que mañana guiará a su familia.

    Quienes lo vivieron me cuentan que, en cuanto fue posible, se ofrecieron funciones de cine. No se hacían de cualquier manera: desde el sábado se exhibía la cartelera a la entrada y el domingo, a las tres en punto, comenzaba la proyección. Antes, los niños pasaban por una especie de ambigú con refrescos y chucherías que nada tenía que envidiar a las salas del centro, incluyendo su propia zona de "gallinero".

    Pero el cine fue solo una de muchas. Como podéis ver en el "documento" que os muestro, se formó un club deportivo que distaba mucho de lo que acostumbramos a ver hoy en día, cuando los padres pueden financiar todo lo necesario para que sus vástagos hagan deporte y emulen a sus ídolos.


    En aquellos tiempos, entre don José y los jóvenes se tiraba de imaginación para sacar adelante cualquier misión. Antes de que comentéis nada sobre la ortografía, os aseguro que don José se limitó a dejar que los muchachos utilizaran su maquina de escribir, el texto fue cosecha de los jugadores…

    En este caso, se pretendía crear la Asociación Deportiva Juvenil Fátima, pero sin tener medios ni siquiera para camisetas, por no hablar de un balón. Sin embargo, con ingenio se redactó este flyer que se repartió por todo el barrio. Ya os adelanto que el equipo se formó y tuvo su equipación. Campo reglamentario no, pero es que eso tampoco era tan necesario: el parque Cabañas o los diversos terrenos que había al final de la calle Ervedelo —con más o menos planicie— servían perfectamente para jugar partidos interminables. Como aquel que enfrentó al Fátima con la Juventud del Couto, que terminó 2-4; don José no sabía a quién animar: todos eran sus “monaguillos”.

Esta foto demuestra que al final el club consiguió equipar a los jugadores.

    Es de justicia recordar que supo rodearse de ayudantes de gran valía y compromiso , y aunque seguro que no he conseguido identificar a todos, al menos citar a don Pablo, don Manuel y el padre Barbosa, quienes cargaban con gran parte de la responsabilidad de estas actividades. Muchos "niños" del Couto recuerdan el Club Albatros, todo un exito: deporte todo el año y campamentos de verano en la playa. Lo que hoy parece increíble es que aquellos jóvenes iban andando desde Ourense hasta Vigo, Cangas o Baiona en jornadas de convivencia extraordinaria. El equipo de baloncesto llegó a alcanzar tal nivel que, en cierto punto, tuvo que "medio" profesionalizarse.

El Coro de Fátima

    Don José no descuidó a los mayores. Como párroco, organizaba catequesis, ejercicios espirituales y reuniones de matrimonios, pero siempre bajo la premisa de que la diversión debía estar presente. Así nació el Coro de Fátima, donde niños y adultos compartían cantos (como se ve en la fotografía de mi añorado Andrés Iglesias). También apoyó desde el inicio a la Sociedad Albor, otro proyecto clave para unir al barrio.

    Fueron muchas las ideas de don José; muchas fructificaron y otras, por desgracia, se quedaron en el camino. La cofradía, los Juegos Florales y las peregrinaciones a Fátima son temas que trataremos en próximos años.

Os espero en la procesión...


viernes, 1 de mayo de 2026

Proyectos descartados. años 20

 



Que hubiera pasado????

Proyectos descartados

Todos los días estamos obligados a tomar decisiones, en unos casos se acierta y en otros no tanto…

Hoy voy a continuar recordando algunos de los proyectos que se plantearon para la ciudad y que, por diferentes razones, nunca llegaron a realizarse. Con la perspectiva que da el tiempo, quizás seamos capaces de valorar si aquello fue, o no, una buena decisión.

Los Cuarteles del Couto

Hacia el año 1918, en plena crisis de la "gripe española", la situación era sumamente compleja tanto en lo sanitario como en lo económico. En ese contexto, se volvieron imprescindibles los proyectos de obra pública que generasen empleo y dinamizaran la economía local.

El proyecto más ambicioso se venía estudiando desde finales de 1917. Entre 1918 y 1919 estuvo cerca de materializarse e incluso en 1920 parecía que saldría adelante, pero finalmente se truncó. Me refiero a la construcción, en los terrenos del Couto de un acuartelamiento capaza de alojar a todo un regimiento montado..

El Ministerio de la Guerra demandaba desde hacía tiempo la creación de más agrupaciones militares en Galicia; no se trataba de trasladar tropas, sino de aumentar el número de unidades. Ourense, como en tantos otros temas, solía ser la menos favorecida en el reparto. Por ello, en esta ocasión se pretendía que la ciudad recibiera estas dos nuevas unidades que, sumadas al Regimiento de las instalaciones de San Francisco (que también se encontraba en periodo de reformas y ampliación), formarían un cuerpo militar de considerable entidad.

Los datos técnicos estaban claramente definidos: se trataba de proyectar los acuartelamientos para un Regimiento Montado de Artillería, compuesto por un batallón de artillería de posición y dos baterías de artillería de montaña. De forma complementaria, el plan debía incluir la propuesta de un campo de tiro y maniobras en las proximidades. Hablábamos de una inversión de gran calado por parte del Ministerio que supondría un motor fundamental para la economía Ourensana. Como condición inicial, el Ayuntamiento debía ofrecer al Ministerio los terrenos necesarios. Estos debían cumplir dos requisitos básicos: estar cerca del casco urbano y poseer la superficie suficiente para cubrir todas las necesidades operativas.

La Región 1921

Rápidamente, la atención se centró en la zona de expansión del Couto. Todas las partes se pusieron manos a la obra con celeridad, alentadas por la disposición favorable de los propietarios de los terrenos, quienes veían con buenos ojos la cesión o venta para este fin. Sin embargo, la prensa gallega comenzaba a recoger las inquietudes de otras ciudades que también ambicionaban dicha ampliación militar en sus territorios. En ese ambiente, una parte del Ayuntamiento estaba plenamente a favor, entendiendo el empuje que supondrían no solo los más de seis millones de pesetas de inversión en las obras, sino la presencia continua de más de mil personas llegadas de todas las provincias. Otra parte del consistorio, por el contrario, lo interpretaba como una innecesaria militarización de la ciudad y lo rechazaba alegando el gasto excesivo que supondría la compra inicial de los terrenos para las arcas municipales.

En 1919, ya se disponía de más de 130.000 m² apalabrados con los propietarios. Incluso el Gobierno dictó una Real Orden aprobando los proyectos provisionales y ordenando a la Comandancia de Vigo que redactase con urgencia los definitivos.

No me extenderé con más datos; el resultado final ya lo conocéis: en el Couto nunca hubo cuarteles. Y aunque en San Francisco hubo mulos, estos formaban una batería de artillería de montaña que reforzaba a los Cazadores de Mérida y que continuó allí hasta los años 60. Aun así, en 1921 nuestros políticos seguían dando vueltas al tema, hasta que una simple nota de prensa dejó claro en qué quedaría todo aquello.

La plaza de abastos

También en 1921 se localizaron estos nuevos proyectos. Ya comenté en alguna ocasión la idea de construir en la plaza de San Marcial (antigua da Fonte dos Coiros) el edificio que reuniría a todas las vendedoras que conformaban el antiguo mercado ourensano, hasta entonces desperdigadas por las plazas de la zona antigua. Aquel proyecto se descartó, con buena lógica, porque la estrechez de las calles y el poco espacio de la propia plaza lo hacían inviable.

El caso es que algunos políticos, con lo que considero una escasa visión de futuro, propusieron otro lugar cercano y, desde mi humilde opinión, inverosímil: pretendían que el Ayuntamiento se hiciera con la propiedad del antiguo Palacio Episcopal, situado en la esquina de la Plaza Mayor, para convertirlo en el edificio principal del mercado.

Los razonamientos sugerían incluso cierta mala fe por parte de los promotores. El planteamiento pasaba por la cesión de la Iglesia de los edificios del palacio y la cárcel de la Corona a cambio de una venta "ventajosa" —aludiendo a la cristiandad de los propietarios— de terrenos en la plaza del Trigo para levantar allí el nuevo palacio. Los propietarios a los que se aludía eran la marquesa de Atalaya Bermeja (Doña Ángela Santamarina) o los Temes, entre otros. Además, ya se planteaba en esos años derribar una parte del edificio del actual museo para ampliar la calle.

Mas proyectos de esos años

Aprovechando la necesidad de "reconstruir" el antiguo convento de Santo Domingo, se pedía destinarlo a Palacio de Justicia, Audiencia y Juzgado. En esa misma línea, el ya desmontado Hospital de San Roque se postulaba como el edificio apropiado para alojar las oficinas de Correos y del Banco de España.

En la parte alta del jardín del Posío se promovía la instalación del campo de la feria, mientras que en la baja se proyectaba uno de los dos centros escolares que se demandaban para la ciudad. Finalmente, existió un proyecto que podría haber resultado estético, aunque a costa de perder toda la esencia de los orígenes de la ciudad: se planteaba eliminar todas las viejas edificaciones situadas entre Cervantes, Villar y Colón para convertirlas en una gran zona ajardinada.

Como bien sabéis, solo algunas de esas propuestas tuvieron desarrollo: Santo Domingo se convirtió en Delegación de Hacienda y el Hospital de San Roque en Correos; otras, afortunadamente o no, quedaron en el olvido.



Recreación ficticia del mercado municipal en la plaza mayor. 1921.  realizado con Inteligencia Artificial en base a fotografías reales