lo ideal era el empedrado que habiles canteros hacian en calles mas "intimas" de la ciudad, Paz, Santo Domingo.... durante un tiempo su superficie lisa era una maravilla, pero como los carros pasaran mucho por ella, no tardaban en descolocarse..
jueves, 18 de junio de 2026
Alameda en ese año 1925
miércoles, 17 de junio de 2026
Progreso 1925
Como siempre, se trata de una cuestión de gustos. Pero, en mi opinión, esta fotografía de Ernesto Schreck es una de las mejores que se pueden mostrar de la calle del Progreso.
Nos encontrábamos en el año 1925; la calle aún era un humilde vial que ni siquiera había merecido que se cambiara su suelo de tierra por uno más limpio, por lo que las damas de la ciudad la rehuían todo lo que podían, principalmente en los lluviosos inviernos. Los árboles intentaban darle un aspecto más rústico, pero a duras penas sobrevivían.
Con todo, lo que más llama la atención es la convivencia pacífica entre tan diversos medios de transporte. A los autocares, que usaban esta vía como estación de autobuses improvisada, se unían los carromatos tirados por bueyes que se encargaban de transportar grandes cargas, y aquellos que, tirados por un pollino, hacían pequeños recados. Aunque, si os fijáis bien, también podréis ver al paisano con su pequeño carrito, que él mismo empuja por el medio de la calle.
Por aquel entonces, era la calle más céntrica de la ciudad: el Roma, Álvarez, Telégrafos, el Banco de España, médicos, abogados...
martes, 16 de junio de 2026
Antes de la Torre
Hoy se hace difícil imaginar esta zona de la ciudad sin ver a nuestro "vigilante". En los años sesenta, la calle Curros Enríquez afrontaba su mayor remodelación: la construcción de la Torre.
Desde que el Puente Nuevo —el de hierro— abrió el paso hacia Canedo, comenzó una transformación constante de un espacio que, en su mayoría, estaba vacío. Según mis datos, esa "manzana" que hoy forman la Subdelegación del Gobierno y la Torre solo albergaba una edificación, la que veis a la derecha: la Panificadora Cívico-Militar.
En lo que hoy es el final de Juan XXIII, solo había un camino de tierra que daba acceso a las casas de los temporeros que venían a cuidar las viñas y a realizar la vendimia (terreno que después ocuparía el Club de Tenis). Tampoco existía el edificio del INSS ni los bloques contiguos; desde lo que hoy es la calle Concejo, lo que se veía era un muro de piedra que daba privacidad al llamado Campo de los Maristas.
¡Bufff, ya me metí en otro lío! Los Maristas habían estado en el edificio de la Subdelegación de Defensa y su campo de juegos cruzaba todo el terreno que hoy conocemos como Juan XXIII... ¡Cuánto cambio!
lunes, 15 de junio de 2026
Atletismo en Ourense
![]() |
| Sociedad Gimnastica de Pontevedra. Campo Loña 1930 |
Deporte y música son, con diferencia, los motivos más habituales para disparar una fotografía; y dentro del deporte, sin duda el fútbol, aunque no es el único: el ciclismo y el atletismo también tenían gran "gancho".
Hoy recupero una de las imágenes que Leopoldo Iglesias obtuvo en el año 1930 durante la exhibición de atletismo que se celebró en el campo Loña. Lo triste es que, en realidad, ese grupo de atletas que posan para la foto Villar son parte del equipo de la Sociedad Gimnástica Pontevedresa, quienes, con la intención de fomentar este deporte en nuestra provincia, habían venido invitados (y repetirían en las fiestas del Corpus).
La verdad es que no se puede decir que no hubiera afición y atletas en Ourense; lo que no había, o era muy escaso, era el apoyo que estos recibían para entrenar y competir. El campo Loña, que fue el escenario elegido para la exhibición, no contaba precisamente con las mejores condiciones para la práctica atlética, por no hablar de la imposibilidad de utilizar la instalación más que en ocasiones muy concretas. El fútbol era prioritario.
viernes, 12 de junio de 2026
Se inaugura el Cine Avenida
La sala en sus
primeros tiempos 1948
Cine avenida 1948-1989
Hay recuerdos que se quedan grabados en la piel de una ciudad, y para los ourensanos de varias generaciones, sus cines son de esos que no se olvidan.
En ocasiones la memoria nos juega malas pasadas y tendemos a desordenar el
mapa de nuestras salas. Muchos colocan el Cine Mary como algo posterior, pero
lo cierto es que se había inaugurado dos años antes. Para cuando nuestro
protagonista abrió sus puertas, salas tan míticas como el Xesteira, el Losada o
el Principal ya llevaban un buen trecho de ventaja y se habían ganado el
corazón del público. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1948, un nuevo rótulo
se encendió en la calle Curros Enríquez para cerrar el círculo de las grandes
salas de la ciudad. Nacía el Cine
Avenida.
Aquel día de finales de verano, las páginas del diario La Región no
escatimaban en elogios para anunciar el acontecimiento. Lo definían con
brevedad: «Fina decoración, magnífica visibilidad, máxima comodidad». Y no
mentían. El cine se ubicó en los bajos de una casa robusta, levantada diez años
antes, en 1938, por don Patricio Martín. Un hombre bien conocido en la sociedad
Ourensana de la época, un fabricante de licores que vio en el negocio del
séptimo arte la oportunidad de regalarle a Ourense un local a la altura de las
grandes capitales. Aquella apertura no era un estreno más; era la confirmación
de que la ciudad entraba de lleno en su particular "época dorada"
cinematográfica, un tiempo en el que ir al cine era casi un ritual sagrado.
Para levantar este coliseo, se eligió al arquitecto José Barreiro y la
constructora E. Suarez. Al cruzar el umbral, lo primero que llamaba la atención
era su innovadora planta única. A diferencia de otros cines de la época,
divididos en palcos y plateas que segregaban al público, el Avenida era una
sala donde sus 900 butacas ofrecían una visibilidad perfecta te sentaras donde
te sentaras.
Unos amplios vestíbulos daban paso a una grandiosa "sala de
descanso", que en los primeros años se convirtió en el punto de encuentro
indiscutible de las tardes Ourensanas. Era el lugar idóneo para dejarse ver, o tomar
algo en su entrañable ambigú, contando incluso con unos servicios amplios y
cómodos que eran todo un lujo para la época.
El acceso al patio de butacas se abría a través de tres imponentes puertas
de madera tallada. Al cruzarlas, entrabas en la mayor sala de la ciudad,
diseñada para deslumbrar. Las molduras del techo, las cúpulas y los dorados de
las paredes, creaban una atmósfera ideal. Al frente, la embocadura del
escenario, adornada con una greca dorada que ocultaba una iluminación indirecta
revolucionaria. En lugar de bombillas, el cine jugaba con los colores: una
cálida luz incandescente para los descansos y una luz blanca, que llamaban
"luz del día", que brotaba de los frisos para ambientar la sala.
¡lastima que las proyecciones se realizaran a oscuras!!!!.
Llamaba la atención su cubierta metálica que lograba salvar las enormes
dimensiones de la sala sin colocar un solo pilar que estorbara la visión,
aportando además la tranquilidad de ser completamente incombustible.
El broche de oro decorativo lo puso el artista pontevedrés Agustín Portela
padre del arquitecto Cesar Portela con dos grandiosos cuadros que custodiaban
la sala. En ellos retrató a dos parejas decimonónicas vestidas con elegancia.
Allí plantados, con la alegría de sus colores, recibiendo a los espectadores
con una cortesía antigua mientras veían pasar las cintas por la pantalla sin
asombrarse demasiado de la magia del siglo XX.
El debut oficial de la pantalla llegó con la proyección de Águila Negra,
una película de 1946, dato que resulta llamativo en esa inauguración, habrá que
indagar por si existió algún motivo que llevara a su elección.. Tal vez en ese día
de la inauguración lo menos importante fuera la película, el protagonismo correspondía
a la sala y los afortunados que ocuparon las 900 butacas aquella tarde de
inauguración, estaban más pendientes del entorno y el típico ver y ser visto
que de la cinta.
Y como detalles recordar que el propietario tenia acceso desde su domicilio
a un privilegiado palco en lo mejorcito de la sala, y no olvidar las carteleras
que en la esquina del paseo con Alejandro Outeiriño, recordaban las películas o
actos que se podrían disfrutar en la sala
Al final fueron mas de 40 años de vida. A finales de los años 80, el Avenida
apagó definitivamente sus proyectores. Desapareció para dejar paso a una nueva
generación de salas de aforo pequeño, esos mini cines comerciales que, aunque
traían mejores medios técnicos y sonido envolvente, carecían por completo del
alma, el encanto y la grandiosidad de las viejas y queridas salas de
proyección.
Tras su cierre, el edificio sufrió el destino de tantos otros templos de la
cultura popular. El local acaba de ser vaciado, los dorados y las pinturas
pasaron a la historia, y hoy en día el espacio que ocupaba la platea se ha
reconvertido en una tienda de deportes. Ya no hay aplausos ni miradas fijas en
la penumbra, pero al pasar por Curros Enríquez, es imposible no mirar de reojo
el bajo y recordar que allí, durante unas horas, fuimos capaces de viajar a
otros mundos a través de una pantalla de clara de huevo.






