martes, 7 de abril de 2026

A los toros en 1935

    


     El 23 de junio de 1935 se inauguraba la plaza de toros de Ourense, un proyecto que el empresario de turno intentaría amortizar en tiempo récord; algo que, sin embargo, rara vez se conseguía en aquella época. Poco después, el 7 de julio, coincidiendo con la festividad de San Fermín, se organizó una novillada que incluyó su correspondiente "charlotada". Eran precisamente estos números cómicos los que más público congregaban, dejando patente que la afición ourensana a la "fiesta nacional" no era especialmente purista, sino que buscaba, ante todo, el espectáculo y el divertimento.

La fecha exacta consta en el reverso de la fotografía y, en principio, debo fiarme de ella. Esta imagen es obra de Foto Villar, cuyo estilo difería notablemente del de José Pacheco en su etapa taurina. Mientras Villar buscaba captar la figura del torero, Pacheco prefería retratar al mayor número posible de asistentes. Quizás la razón fuera económica: mientras José Pacheco intentaba vender retratos a los clientes allí presentes, Villar probablemente trabajaba por encargo para la prensa.

En la fotografía de Pacheco, que sitúo en torno a los comienzos del siglo XX, he intentado identificar algunos rostros entre la multitud. En primer plano, luciendo boina y un traje de tono claro (que en la imagen original se percibe oscuro), creo reconocer a Manuel Suárez Castro, "Manoliño". Justo detrás de él, parece asomar la figura de Jaime Pacheco; aunque su presencia en la ciudad por aquellos años no era frecuente, su fisonomía encaja razonablemente con el personaje captado por la lente.

lunes, 6 de abril de 2026

El puente de la burga , limpieza

    Confieso que le estoy tomando el gusto a estas funciones de la inteligencia artificial. Por un lado, me permiten salvaguardar las imágenes originales del uso indebido que algunos hacen de las fotografías antiguas al no respetar ni la propiedad ni la autoría; la IA permite introducir modificaciones sutiles que facilitan demostrar la autoría del retoque. Por otro lado, las mejoras en nitidez, contraste y limpieza visual son aliadas excepcionales: al observar los detalles, el trabajo de análisis se vuelve mucho más sencillo.

        La fotografía de hoy nos muestra el puente de la Burga en sus primeros años de vida. En aquel entonces, los carros no se preocupaban por el carril a utilizar, ya que el tráfico era escaso y los peatones podían transitar incluso en invierno sin temor a encontrarse con un lodazal. Resulta curioso observar la cantidad de sedimento y tierra que se acumulaba en la calzada; de no ser por la labor del peón que vemos retirando estos restos, la lluvia habría convertido el paso en una superficie intransitable.

    Un detalle que seguramente se os escapará es el portalón situado a la izquierda de la imagen. Se trata del acceso al antiguo jardín de los Taboada. Es muy probable que, en la época en que esos terrenos sirvieron como acuartelamiento (cesión) de los marqueses de Leis, fuera esa la entrada principal para las caballerías.

    Lo que todavía se resiste a la identificación es la edificación que muestra esa chimenea industrial a la derecha del puente, cerca de la Alameda. Por su ubicación y dimensiones, es muy probable que se tratara de algún pequeño taller artesanal, quizá una carpintería con maquinaria de vapor, de las muchas que daban servicio a la ciudad en plena expansión. Aunque los registros de la época no detallan un establecimiento de renombre en ese punto exacto, su presencia es un testimonio silencioso de la actividad productiva que latía en los márgenes del Barbaña.

De regalo vemos la foto en movimiento....

Las respuestas a las preguntas de semana santa. La primera era  muy sencilla y aunque casi no habia edificios la presencia de la subdelegacion de gobierno, Gobierno militar lo facilita todo.  Era Juan XXIII. Las fotos histoircas si que eran una pregunta mas complicada. Se trataba de las tres primeras fotografias que publico el periodico La Región en sus paginas.  Y la tercera: La Violeta, era una merceria situada en la esquina de la plaza mayor con la Avda De Pontevedra, existio desde los años 20 y cerro de manera definitiva en el 36.


viernes, 3 de abril de 2026

La Granadina, "el aroma de la nostalgia"

 


Nicolas Remacho Rus y su amigo Pedro Cañedo en la Granadina.

"La Granadina" El Aroma de la Nostalgia:

Nicolás Remacho y su Dulce Legado

Es frecuente que, cuando cierra algún comercio histórico, hagamos un repaso por los que aún resisten. Hoy, si buscamos negocios con verdadera solera, la realidad es que queda muy poco. Desaparecidas ya las armerías de Marcial Feijóo y La Lira, junto a templos del sabor como La Ibense y El Cortijo, hoy debemos refugiarnos en el ramo sanitario para encontrar establecimientos centenarios: La Casa de los Lentes, junto a farmacias como Román, Fábrega o Bouzo, componen esa escasa oferta.

Sin embargo, hay más. Es posible que para incluirlos tengamos que ampliar el rango de años, pero creo que es de justicia mencionar al Pepinillo, El Couto y, por supuesto, a este establecimiento al que rindo homenaje hoy. LA GRANADINA.

            Hay recuerdos que no se guardan oen la vista, sino con el olfato. Para cualquier ourensano que recorriera el Paseo o las inmediaciones de la calle Cardenal Quiroga desde comienzos de los años sesenta, existe una fragancia imborrable que actúa como una máquina del tiempo. Era un perfume denso, dulce y tostado que anunciaba, mucho antes de divisar el mostrador, que estábamos cerca de Don Nicolás Remacho Rus y su inseparable compañera en el arte del azúcar. Hablamos de "La Granadina", aunque para la mayoría de nosotros, aquel rincón de felicidad siempre será recordado simplemente como "La Garrapiñada".

El Ourense de aquella época tenía sus ritos. El paseo dominical, el estreno de las ropas en las fiestas de verano y, por supuesto, la obligada —o evitada— parada en el puesto de Nicolás. Para nuestras madres y abuelas, aquel lugar era a menudo una "zona de peligro". Sabían que, al acercarse a las escaleras de Santa Eufemia, la batalla estaba perdida. Los más pequeños, guiados por un instinto primario que nos hacía ignorar cualquier advertencia, nos sentíamos atraídos como por cantos de sirena hacia aquel despliegue de colores brillantes y aromas embriagadores.

Mientras las autoridades maternas intentaban acelerar el paso para evitar el inminente "conflicto" por el dulce, nosotros ya estábamos hipnotizados. Allí, tras el mostrador, Nicolás operaba con la precisión de un alquimista, adaptándose a las "necesidades" del momento o al ritmo de la demanda de una ciudad que parecía no saciarse nunca de sus creaciones.

    El repertorio de "La Granadina" era un espectáculo para los cinco sentidos. Si Nicolás estaba en plena faena de preparación, el olor de las almendras garrapiñadas (o los cacahuetes, según el día) inundaba la calle. Ver cómo el azúcar se transformaba en esa costra rugosa y crujiente sobre el fruto seco era casi hipnótico. Las almendras se servían en bolsitas de unos 150 gramos, el tamaño justo para que duraran lo que duraba el paseo, aunque rara vez llegaban intactas al cruce siguiente.

Pero el despliegue visual no terminaba ahí. En las bandejas, relucían las famosas manzanas caramelizadas. Eran esferas de un rojo intenso, casi irreales, que desafiaban nuestra capacidad de morder sin pringarnos enteros. Aquellas manzanas, sujetas por su palo de madera, eran el trofeo máximo de cualquier tarde de fiesta. Y junto a ellas, las piruletas y paletas de caramelo rojo, delicias de una simplicidad sublime que hoy parecen haber desaparecido ante la invasión de la golosina industrial.

Sin embargo, si hubo una estrella que marcó la diferencia en "La Granadina", fueron aquellas planchas de caramelo con cacahuetes incrustados. Nicolás las extendía sobre el mostrador y las cortaba "a ojo", con una maestría que solo dan los años de oficio. Eran trozos irregulares, potentes y únicos. Muchos de los que hoy peinamos canas seguimos buscando, sin éxito, ese sabor exacto en las ferias actuales, pero aquel equilibrio entre el tostado del cacahuete y el punto justo del caramelo parece haberse ido con él.

Como bien recordamos, no solo el gusto y el olfato participaban en el ritual. El tacto y el oído jugaban su papel, aunque a veces con consecuencias "trágicas" para nuestra vestimenta. Las manos pequeñas tenían serias dificultades para gestionar aquel manjar pegajoso. El crujido del caramelo al romperse bajo los dientes era música para nuestros oídos, pero el inevitable rastro de azúcar en los dedos terminaba, casi siempre, en el jersey.

¿Quién no recuerda la voz de su madre riñendo mientras intentaba, en vano, limpiar con un pañuelo de tela aquella mancha de caramelo rojo antes de que se secara? "¡Ay, que no se puede ir contigo a ningún lado!", nos decían, mientras nosotros seguíamos saboreando los últimos restos de la almendra, ajenos al drama de la colada.

Hoy, al pasar por esos mismos rincones del Paseo o Santa Eufemia, el aire parece más ligero, menos denso. Falta ese humo dulce que salía del puesto de Don Nicolás. Pero gracias a documentos como estos y a la memoria colectiva de quienes disfrutamos de sus manzanas y sus garrapiñadas, "La Granadina" sigue viva en el catálogo de nostalgias de Ourense no Tempo.

Afortunadamente, el hilo de esta historia no se ha roto del todo. La Granadina continúa abierta y, lo que es más importante, un Remacho sigue hoy al frente del negocio, manteniendo viva la llama de una tradición familiar que es ya patrimonio de nuestra ciudad.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y, con ellos, las exigencias. Las reglamentaciones actuales, estrictas en sus protocolos, limitan mucho la estampa que recordamos de antaño. Aunque no manejo los datos técnicos, es de suponer que aquellas bandejas de manzanas descubiertas o las planchas de caramelo con cacahuete expuestas directamente sobre el mostrador no encajarían en los estándares de higiene contemporáneos.

Aun así, todavía es posible ver cómo se elaboran con esmero las almendras y cacahuetes garrapiñados, que se empaquetan de manera diligente para el cliente de hoy. Pero, sinceramente, ¿no os gustaría volver a saborear uno de aquellos productos tal y como eran antes?. Personalmente, creo que entraña más peligro el consumo de tantas chucherías actuales, saturadas de conservantes y saborizantes artificiales, que aquella sana y brillante manzana caramelizada que marcaba el paso de nuestros veranos.


La I.A. viene en nuestra ayuda para que podamos ver el mostrador de Don nicolas en pleno esplendor. Hummmmmmmmmm como olia, y como sabia......

martes, 31 de marzo de 2026

Fotos Historicas, 1923


    En 1923, con motivo de su nombramiento como arzobispo de Santiago, se tomó una fotografía que se convertiría en una pieza fundamental de la historia gráfica de Ourense. Un dato clave para comprender la relevancia de esta imagen es su fecha histórica: el 28 de marzo de 1923, día en que Manuel Lago González asumió la archidiócesis de Santiago de Compostela.



    Ese mismo año, el 9 de mayo, el reconocido fotógrafo José Pacheco realizó otro retrato emblemático. En esta ocasión, el protagonista fue el inconfundible Benito Fernández Alonso, cronista oficial de la ciudad. De esta obra se conserva, presuntamente, un original en el Archivo Histórico Provincial, y su difusión coincidió con el primer aniversario de su fallecimiento (cabo de año), sirviendo como un sentido homenaje a su figura.

    Finalmente, el 7 de septiembre, todo se disponía para el día grande de la Virgen de los Milagros. El Santuario de Baños de Molgas aguardaba engalanado la llegada de romeros procedentes de todos los rincones de la provincia.

Con esta, sumaban ya tres las fotografías destinadas a escribir un capítulo imborrable en nuestra crónica gráfica.

¿Sabríais decir cuál fue ese hito histórico para la fotografía en Ourense que vincula estas imágenes? ---