Año 1954: el templo estaba sin terminar y
el altar ni se había comenzado. Aun así, don José se las arregló para que el
día de la Santiña todo se viera perfecto. Coloreada con Inteligencia Artificial
Las ideas de
don José
Hoy, la
Santiña aguarda de nuevo la visita de los ourensanos y reclama su compañía para
recorrer sus calles en procesión.
Es bien
sabido que, aunque fueron innumerables los vecinos que colaboraron para
fomentar la fe en la Virgen de Fátima, hay un nombre que, sin discusión,
encabeza todos los esfuerzos: don José
(Monseñor José Álvarez González).
Que nadie se
sienta excluido; es cierto que sin la contribución colectiva nada hubiera sido
posible. Desde el obispo Blanco Nájera hasta el más humilde albañil, pasando
por una legión de niños y todos los vecinos del Couto. No hablo solo de
aportaciones económicas —donde cada uno dio lo que pudo—, sino del trabajo
físico y los ánimos para seguir adelante.
Dicho esto,
permitidme volver a don José. A medida que investigo la historia del Santuario,
no dejan de sorprenderme sus ideas. Al margen de su conocida
"pillería" —como cuando en pleno verano, los camiones cargados con
material para las obras del Seminario quedaban estratégicamente
"atascados" en el barro frente a Fátima—, su capacidad de gestión era
inagotable.
Organizó
recogidas de papel, trapos, cristal y chatarra (una labor que el padre Silva
también realizaría años después para Benposta, bautizándola como “Trapabocha”).
Con la perspectiva del tiempo, sabemos que una de sus mejores iniciativas para
recaudar fondos fue la recogida de
metales: se lograron reunir más de 1.800 kilos de cobre en forma de
cazuelas y monedas, 500 kilos de bronce, 50 kilos de plata, 4 de oro y más de
seiscientas piedras preciosas.
A esto debemos
sumar su incansable labor epistolar. Escribía a todos los ministerios y
organismos públicos pidiendo ayuda; aunque muchas veces recibía un
"no" por respuesta, no se desanimaba. Cuando no era un año era otro,
pero algo siempre terminaba cayendo. A quienes procuraba no
"exprimir" era a los particulares, pero cuando lo hacía, obtenía
resultados: consta, por ejemplo, que el propio Eduardo Barreiros le prestó su ayuda.
El tema
económico era primordial, pero don José sabía que un edificio vacío no servía
de nada. Sus esfuerzos se encaminaban a crear un sentimiento de comunidad
parroquial incluso antes de que esta funcionara oficialmente. Su filosofía era
tan sencilla como brillante: sembrar
felicidad en la infancia para asegurar la fe del mañana. El niño que hoy
ríe en la parroquia es el padre que mañana guiará a su familia.
Quienes lo
vivieron me cuentan que, en cuanto fue posible, se ofrecieron funciones de
cine. No se hacían de cualquier manera: desde el sábado se exhibía la cartelera
a la entrada y el domingo, a las tres en punto, comenzaba la proyección. Antes,
los niños pasaban por una especie de ambigú con refrescos y chucherías que nada
tenía que envidiar a las salas del centro, incluyendo su propia zona de
"gallinero".
Pero el cine fue solo una de muchas. Como podéis ver
en el "documento" que os muestro, se formó un club deportivo que distaba
mucho de lo que acostumbramos a ver hoy en día, cuando los padres pueden
financiar todo lo necesario para que sus vástagos hagan deporte y emulen a sus
ídolos.
En este caso, se pretendía crear la Asociación
Deportiva Juvenil Fátima, pero sin tener medios ni siquiera para camisetas, por
no hablar de un balón. Sin embargo, con ingenio se redactó este flyer que se
repartió por todo el barrio. Ya os adelanto que el equipo se formó y tuvo su
equipación. Campo reglamentario no, pero es que eso tampoco era tan necesario:
el parque Cabañas o los diversos terrenos que había al final de la calle
Ervedelo —con más o menos planicie— servían perfectamente para jugar partidos interminables.
Como aquel que enfrentó al Fátima con la Juventud del Couto, que terminó 2-4;
don José no sabía a quién animar: todos eran sus “monaguillos”.
Es de
justicia recordar que supo rodearse de ayudantes de gran valía y compromiso , y aunque seguro
que no he conseguido identificar a todos, al menos citar a don Pablo, don Manuel y el padre Barbosa, quienes cargaban con
gran parte de la responsabilidad de estas actividades. Muchos "niños"
del Couto recuerdan el Club Albatros,
todo un exito: deporte todo el año y campamentos de verano en la playa.
Lo que hoy parece increíble es que aquellos jóvenes iban andando desde Ourense
hasta Vigo, Cangas o Baiona en jornadas de convivencia extraordinaria. El
equipo de baloncesto llegó a alcanzar tal nivel que, en cierto punto, tuvo que
"medio" profesionalizarse.
El Coro de Fátima
Don José no
descuidó a los mayores. Como párroco, organizaba catequesis, ejercicios
espirituales y reuniones de matrimonios, pero siempre bajo la premisa de que la
diversión debía estar presente. Así nació el Coro de Fátima, donde niños y adultos compartían cantos (como se ve
en la fotografía de mi añorado Andrés Iglesias). También apoyó desde el inicio
a la Sociedad Albor, otro
proyecto clave para unir al barrio.
Fueron
muchas las ideas de don José; muchas fructificaron y otras, por desgracia, se
quedaron en el camino. La cofradía, los Juegos Florales y las peregrinaciones a
Fátima son temas que trataremos en próximos años.
Os espero en
la procesión...












