La valla de madera y las calles sin rematar contrastaban con la instalación en aquel año 43
Próximo a llegar a los 85 años de
un “jardín” en el Couto
A menudo,
las ciudades se explican a través de sus grandes monumentos o sus puentes, pero
existe otra historia, más silenciosa y humana, que se escribe en el interior de
los barrios. El 28 de julio de 1939, Orense no solo ponía la primera piedra de
un edificio; estaba cimentando una de las instituciones que con escaso “ruido”
más huella ha dejado en la memoria afectiva de los orensanos. Hoy, con la
perspectiva que nos dan los casi 85 años transcurridos desde aquel día, el Jardín
Maternal del Couto —originalmente bautizado como "Iglesias Ballesteros"— se nos
presenta no solo como un centro asistencial, sino como un hito social que sigue
prestando un servicio envidiable a la ciudad.
El Couto de
finales de los años 30 era un hervidero de gente. Un barrio populoso, de alma
trabajadora y zona industrial por excelencia, donde la necesidad de un espacio
para el cuidado de los niños era una urgencia real. La construcción del Jardín
Maternal fue recibida como una bendición para las familias que necesitaban un lugar
seguro y digno donde dejar a sus hijos mientras cumplían con sus jornadas
laborales.
Lo que se
proyectó no fue un simple edificio funcional, sino un auténtico oasis urbano.
El centro nació rodeado de una extensión de terreno que hoy nos parecería un lujo:
jardines cuidados, campos de juego y una zona de bosque que permitía a los
pequeños orensanos crecer en contacto con la naturaleza sin salir de la ciudad.
Uno de los
grandes orgullos del proyecto fue su piscina.
Hoy estamos acostumbrados a las instalaciones deportivas municipales, pero en
aquel entonces, contar con una piscina en Orense era algo extraordinario. De
hecho, fue la primera piscina pública
de la ciudad, aunque con un matiz importante: su uso estaba reservado
exclusivamente para los pequeños del centro.
Aquella
piscina no era solo un lugar de recreo; se diseñó pensando en el "vigor
físico", en una época donde la salud infantil era una preocupación
constante. Sin embargo, su historia fue breve. Mantener una instalación de ese
tipo en aquellos años no era tarea fácil. Los costes de conservación y los
problemas técnicos de la época hicieron que, pocos años después de la
inauguración, tuviera que cerrarse, y si no me equivoco hoy sería cuestión de
quitar la tierra que la cubre para recuperarla. A esto se sumaba un factor
logístico curioso: durante el verano, que era cuando la piscina habría tenido
más sentido, el número de niños en el centro descendía notablemente, los
abuelos y las vacaciones paternas, solían influir en cambiar la ciudad por el
pueblo, lo que hacía que su mantenimiento fuera poco práctico para la
institución.
Más allá de
su función como guardería para las familias trabajadoras, el centro cumplió una
labor humanitaria fundamental al acoger a niños de familias muy humildes. Eran años difíciles, de posguerra,
donde muchos niños se encontraban en una situación de vulnerabilidad extrema.
Para ellos, el Jardín Maternal no era solo un lugar de paso, sino un verdadero
hogar donde se les proporcionaba algo que el centro definía con una frase
hermosa: "el alimento de la ilusión".
Allí, los
niños de familias con escasos recursos encontraban no solo comida y enseñanzas,
sino juguetes y un entorno diseñado específicamente para ellos, tengo que
indagar el tema pero creo que no pernoctaban en el centro. En el discurso de
inauguración se mencionaba que muchos de estos pequeños jamás habrían visto
esos juguetes de no ser a través de los escaparates de las tiendas de la calle
Paseo. Entrar en el centro significaba, para muchos, dejar atrás la precariedad
de la calle para acceder a una infancia protegida, con ropa limpia, revisiones
médicas en su clínica moderna y una educación que empezaba por los rudimentos
del saber y el respeto.
No podemos
hablar del Jardín Maternal sin mencionar a su artífice, el arquitecto Mariano Rodríguez Sanz. Supo
interpretar perfectamente que un espacio para niños debía ser alegre y
luminoso. Su diseño rompió moldes con lo que se estilaba en la ciudad:
Los pasillos
de cristal y los inmensos ventanales permitían que el sol entrara de lleno en
las salas de clase, creando un ambiente saludable y lleno de energía. El
edificio no escatimaba en belleza. El famoso azulejo de la cerámica Zuloaga de Segovia en la
fachada, representando a la patrona de la institución, era una joya que espero
que a pesar de las sucesivas reformas se haya conservado…
Esos
detalles, junto al mobiliario diseñado a medida, hablaban de un "estilo
nuevo e infantil" que buscaba dignificar la estancia de los menores. El
centro contaba con una sala de estar de estilo vasco y un hall elegante
presidido por la memoria de quien daba nombre al centro, José Iglesias
Ballesteros. Todo estaba montado con lo que las crónicas de la época llamaban
"un gusto refinado", desde la cocina rebosante de limpieza hasta el
despacho de dirección.
Los vecinos
del barrio se fotografiaban en el entorno de las instalaciones. Lela,_ Pilocha....
El día que
se abrieron las puertas, Orense se volcó con la institución. Tras la bendición
del vicario capitular de la Diócesis, los asistentes recorrieron cada rincón,
asombrados por la modernidad de la clínica sanitaria y el material pedagógico,
que incluía algo tan avanzado para 1943 como un aparato de radio en la sala de
clases.
Para cerrar
aquel día histórico, se sirvió una comida a los niños que quedó registrada como
un ejemplo de la atención que se les quería brindar: entremeses, puré de
patatas, merluza en salsa, carne rellena y el toque dulce del brazo de gitano.
Era la puesta en escena de un compromiso que, más allá de la política de la
época, buscaba paliar el hambre y la orfandad en una ciudad que intentaba
reconstruirse.
Es admirable
comprobar cómo, casi 85 años después, ese edificio sigue en pie cumpliendo su
cometido original. Aunque los tiempos han cambiado y las necesidades de las
familias son otras, el espíritu de servicio permanece intacto.
Hoy en día,
el Jardín Maternal del Couto, reformado y ampliado sigue siendo considerada una de las mejores guarderías de toda Galicia.
Ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, modernizando su pedagogía pero
manteniendo esa ubicación privilegiada y esa estructura que Mariano Rodríguez
Sanz diseñó para que los niños fueran los verdaderos señores de la casa.
Para los que
amamos la historia de Orense, el Jardín del Couto es mucho más que una
guardería; es un recordatorio de que, incluso en los tiempos más sombríos,
nuestra ciudad fue capaz de levantar edificios destinados a proteger lo más
valioso que tenemos: el futuro de nuestros niños. Pasear hoy por sus
alrededores, escuchar el griterío de los pequeños jugando donde hace décadas lo
hacían otros niños en situaciones mucho más duras, es una de las mejores formas
de sentir el pulso de nuestra historia local.
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