La sala en sus
primeros tiempos 1948
Cine avenida 1948-1989
Hay recuerdos que se quedan grabados en la piel de una ciudad, y para los ourensanos de varias generaciones, sus cines son de esos que no se olvidan.
En ocasiones la memoria nos juega malas pasadas y tendemos a desordenar el
mapa de nuestras salas. Muchos colocan el Cine Mary como algo posterior, pero
lo cierto es que se había inaugurado dos años antes. Para cuando nuestro
protagonista abrió sus puertas, salas tan míticas como el Xesteira, el Losada o
el Principal ya llevaban un buen trecho de ventaja y se habían ganado el
corazón del público. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1948, un nuevo rótulo
se encendió en la calle Curros Enríquez para cerrar el círculo de las grandes
salas de la ciudad. Nacía el Cine
Avenida.
Aquel día de finales de verano, las páginas del diario La Región no
escatimaban en elogios para anunciar el acontecimiento. Lo definían con
brevedad: «Fina decoración, magnífica visibilidad, máxima comodidad». Y no
mentían. El cine se ubicó en los bajos de una casa robusta, levantada diez años
antes, en 1938, por don Patricio Martín. Un hombre bien conocido en la sociedad
Ourensana de la época, un fabricante de licores que vio en el negocio del
séptimo arte la oportunidad de regalarle a Ourense un local a la altura de las
grandes capitales. Aquella apertura no era un estreno más; era la confirmación
de que la ciudad entraba de lleno en su particular "época dorada"
cinematográfica, un tiempo en el que ir al cine era casi un ritual sagrado.
Para levantar este coliseo, se eligió al arquitecto José Barreiro y la
constructora E. Suarez. Al cruzar el umbral, lo primero que llamaba la atención
era su innovadora planta única. A diferencia de otros cines de la época,
divididos en palcos y plateas que segregaban al público, el Avenida era una
sala donde sus 900 butacas ofrecían una visibilidad perfecta te sentaras donde
te sentaras.
Unos amplios vestíbulos daban paso a una grandiosa "sala de
descanso", que en los primeros años se convirtió en el punto de encuentro
indiscutible de las tardes Ourensanas. Era el lugar idóneo para dejarse ver, o tomar
algo en su entrañable ambigú, contando incluso con unos servicios amplios y
cómodos que eran todo un lujo para la época.
El acceso al patio de butacas se abría a través de tres imponentes puertas
de madera tallada. Al cruzarlas, entrabas en la mayor sala de la ciudad,
diseñada para deslumbrar. Las molduras del techo, las cúpulas y los dorados de
las paredes, creaban una atmósfera ideal. Al frente, la embocadura del
escenario, adornada con una greca dorada que ocultaba una iluminación indirecta
revolucionaria. En lugar de bombillas, el cine jugaba con los colores: una
cálida luz incandescente para los descansos y una luz blanca, que llamaban
"luz del día", que brotaba de los frisos para ambientar la sala.
¡lastima que las proyecciones se realizaran a oscuras!!!!.
Llamaba la atención su cubierta metálica que lograba salvar las enormes
dimensiones de la sala sin colocar un solo pilar que estorbara la visión,
aportando además la tranquilidad de ser completamente incombustible.
El broche de oro decorativo lo puso el artista pontevedrés Agustín Portela
padre del arquitecto Cesar Portela con dos grandiosos cuadros que custodiaban
la sala. En ellos retrató a dos parejas decimonónicas vestidas con elegancia.
Allí plantados, con la alegría de sus colores, recibiendo a los espectadores
con una cortesía antigua mientras veían pasar las cintas por la pantalla sin
asombrarse demasiado de la magia del siglo XX.
El debut oficial de la pantalla llegó con la proyección de Águila Negra,
una película de 1946, dato que resulta llamativo en esa inauguración, habrá que
indagar por si existió algún motivo que llevara a su elección.. Tal vez en ese día
de la inauguración lo menos importante fuera la película, el protagonismo correspondía
a la sala y los afortunados que ocuparon las 900 butacas aquella tarde de
inauguración, estaban más pendientes del entorno y el típico ver y ser visto
que de la cinta.
Y como detalles recordar que el propietario tenia acceso desde su domicilio
a un privilegiado palco en lo mejorcito de la sala, y no olvidar las carteleras
que en la esquina del paseo con Alejandro Outeiriño, recordaban las películas o
actos que se podrían disfrutar en la sala
Al final fueron mas de 40 años de vida. A finales de los años 80, el Avenida
apagó definitivamente sus proyectores. Desapareció para dejar paso a una nueva
generación de salas de aforo pequeño, esos mini cines comerciales que, aunque
traían mejores medios técnicos y sonido envolvente, carecían por completo del
alma, el encanto y la grandiosidad de las viejas y queridas salas de
proyección.
Tras su cierre, el edificio sufrió el destino de tantos otros templos de la
cultura popular. El local acaba de ser vaciado, los dorados y las pinturas
pasaron a la historia, y hoy en día el espacio que ocupaba la platea se ha
reconvertido en una tienda de deportes. Ya no hay aplausos ni miradas fijas en
la penumbra, pero al pasar por Curros Enríquez, es imposible no mirar de reojo
el bajo y recordar que allí, durante unas horas, fuimos capaces de viajar a
otros mundos a través de una pantalla de clara de huevo.







