Hubo un tiempo en que Ourense estaba sobrado de calles huérfanas de nombre o con alguno prestado. Antes de 1952, si le preguntabas a un vecino por el vial que hoy nos ocupa, probablemente te respondería que era, simplemente, la calle del Posío. Y sería cierto, pero ocurriría lo mismo si tu pregunta se refería a la parte superior del jardín o a la de su izquierda. No tenían nombre propio porque no lo necesitaban; el jardín más emblemático de la ciudad las tenía como parte propia. Nuestra ciudad, a principios de los cincuenta, empezaba a desperezarse, a querer "estirar las piernas" más allá de su casco histórico, y esa zona era el ejemplo perfecto de aquel crecimiento.
Fue en 1952 cuando la calle empezó a reclamar su mayoría de edad y pasó a llamarse calle Coruña. Y no nació de cualquier manera: se transformó en uno de los viales más anchos de la capital ourensana. Parecía que sus diseñadores estaban pensando en los finales de etapa al esprint de la Vuelta a España. El motivo de tal despliegue no era otro que la modernidad ferroviaria: la calle nacía con la misión de dar servicio a la nueva estación de ferrocarril del centro.
Si miramos las fotos de la época, veréis que en los pies de foto originales se hablaba del Apeadero de San Cosme, aunque todos terminamos conociéndola como la Estación de San Francisco. Para muchos ourensanos de entonces, aquello fue un sueño hecho realidad. Imaginaos la escena: la posibilidad de bajarse del tren y, en apenas unos minutos de caminata, estar dejando la maleta en el pasillo de casa. Durante años, esa fue la gran promesa; una opción cómoda que pretendía evitar el "viaje" que suponía entonces ir hasta la Estación del Empalme. Sin embargo, la historia tiene sus caprichos. A pesar de la anchura de la calle Coruña y de la monumentalidad del proyecto, la realidad es que nunca llegó a tener un uso masivo. Se quedó en una estación con alma de barrio, un lugar de paso pausado. Incluso en más de una ocasión se planteó utilizar la vía como un enlace rápido entre el barrio del Puente y el centro, una suerte de "metro en superficie" que habría cambiado la fisonomía de nuestra movilidad. Pero, como tantas otras ideas, se quedó en el tintero. Hoy, la estación sigue estando infrautilizada, mientras mercancías y viajeros continúan utilizando masivamente El Empalme.
Museo Etnoloxico de Ribadavia.Xunta de Galicia. fondo Pacheco.(original)
Pero dejemos la estación a un lado, que ella merece su propio capítulo. Hoy mi intención es que bajemos a la calle, a esa zona inferior que en las fotografías antiguas cuesta tanto reconocer. Charlaba el otro día con unas ourensanas que aún guardan el brillo de los años cincuenta en los ojos; de esos informantes privilegiados que paseaban la calle a diario y conocían a cada vecino por su nombre. Me contaban que la calle comenzaba con un edificio de una sola planta que guardaba un secreto de gasoil y metal: el acceso a un gran patio interior donde descansaban los autobuses de Freire.
Aquí la memoria de mis informantes es nítida, aunque los archivos a veces sean más tercos a la hora de soltar datos. Cuentan que aquellos autobuses daban servicio exclusivamente a la estación de tren, funcionando de una manera muy similar a lo que hoy son nuestros urbanos, pero con ese sabor artesanal de la época. Podías oír el rugido de los motores al arrancar por la mañana, un sonido que anunciaba que el día se ponía en marcha. No he podido contrastar de manera suficiente el nombre de la empresa y su trayecto, pero seguro que es más o menos "ese"; los expertos ya me corregirán.
Justo a continuación del patio de los autobuses, el olfato tomaba el relevo del oído. Allí estaba el horno de la panadería Barcoleón. Imaginaos ese aroma a pan recién hecho inundando la calle Coruña de buena mañana; era el perfume del barrio que, según cómo girase el viento, podía mezclarse con el de la cercana fábrica de chocolate de Nuestra Señora de los Remedios. ¡Ya teníamos el desayuno completo! El negocio lo regentaba un matrimonio que tenía en casa a tres o cuatro "angelitos". Y lo digo entre comillas porque, según me cuentan con una sonrisa, era casi imposible verlos juntos para poderlos contar. Con frecuencia, su vitalidad obligaba a intervenir a las vecinas más ilustres de la acera: las monjas.
Era un contraste precioso. Al lado de la panadería se encontraba el convento y la capilla de las Siervas de María "Salud de los enfermos". Allí, la congregación contaba con la guía espiritual de don Antonio Jaunsaras, todo un personaje por su carisma como sacerdote y por su sabiduría musical. Era el refugio del silencio y la oración. Pero cuando los niños de Barcoleón decidían organizar sus "combates pugilísticos" en plena calle, la paz del convento se veía interrumpida por el jaleo de la infancia más pura. Eran cosas de niños, claro, pero los enfrentamientos debían de ser dignos de una velada de boxeo en el pabellón. Como curiosidad histórica, me cuentan que la figura de la fundadora, madre María Soledad Torres Acosta, que presidía la capilla, se conserva hoy en la iglesia de San Pedro de Moreiras. Un pedacito de la calle Coruña que se nos fue al campo.
Siguiendo nuestro paseo hacia arriba, nos encontrábamos con un lote de edificaciones que pertenecían a una sola propietaria: se las conocía popularmente como las "Siete Casiñas". En la primera de ellas vivía un camionero que era la envidia de cualquier conductor actual. Por aquel entonces, el tema del aparcamiento era una maravilla; el hombre simplemente llegaba y dejaba su camión plantado delante de la puerta. Sin multas, sin vados, sin vueltas a la manzana. La calle era, en el sentido más literal, una extensión del hogar. ¡Ah! Y en aquellos tiempos no tenía que preocuparse del robo de gasoil, ni siquiera del camión, que más de una vez quedaba abierto.
En el bajo de la casa donde vivía la dueña de todo el lote, el ruido del metal volvía a aparecer, pero esta vez con olor a aceite de motor, pues allí se ubicaba un taller de automóviles Garaje Sampayo. Al lado, en una casita que solo tenía planta baja, se encontraba una pescadería que traía el olor del mar al centro de la ciudad. Era el "barrio total": en menos de cien metros desayunabas y, a media mañana, ya te relamías pensando en unas sardinas asadas con una rebanada de aquel pan de bolla.
Solo faltaba el postre para terminar este tramo de la memoria. No podemos olvidar la casa-tienda y fábrica de un heladero de los de antes Jose Gallego Cid. De esos que no esperaban a que el cliente viniera, sino que salían con su carrito a repartir mercancía y sonrisas por todo Ourense. Eran tiempos en los que ser autónomo no tenía tantas trabas ni papeleos; bastaba con tener un buen producto y ganas de caminar. Aquel heladero era uno de los que habían preferido el autoempleo; probablemente había aprendido el oficio con la gente de La Paloma o la de La Ibense, pero prefería arriesgarse a ser su propio patrón. En la zona del jardín, entre él y el famoso Espina, daban cobertura a todas las necesidades en verano. En invierno ya era otro tema, pero para eso en la tienda tenía casi de todo.
Hoy, cuando paséis por la calle Coruña, os invito a que no solo miréis el asfalto o los edificios modernos que han arrasado aquel pasado; hasta la capilla se ha ido. Buscad con la mirada ese lugar donde el camión descansaba en la puerta o imaginad, por un momento, a los niños de Barcoleón ensayando un derechazo ante la mirada reprobatoria, pero cariñosa, de una monja. Porque una calle no son solo sus límites laterales; son las historias de quienes la hicieron caminar por primera vez. Menos mal que siempre nos quedará el Posío…
Foto tratada con I.A.



