lunes, 21 de septiembre de 2026

Nacia un barrio. Covadonga

 

En los años sesenta el gobierno inició un plan de vivienda que buscaba solucionar uno de los principales problemas de los españoles. En Ourense ciudad se solapó con el plan de la Caja de Ahorros de construir viviendas de precios ajustados, y surgieron urbanizaciones por todos los barrios. Hoy os muestro los comienzos de Covadonga.

El emplazamiento seleccionado era un lugar vistoso, con la entidad y el entorno idóneos para albergar un pazo señorial —el cual ya existía y se conserva en la actualidad—. Aunque inicialmente no se encontraba en el centro neurálgico de la ciudad, un factor de aislamiento que, con la planificación adecuada y voluntad política, tenía solución (que buena falta hacía).

Las imágenes de la época inmortalizaron el inicio de las obras de edificación de estos primeros bloques. Este proyecto técnico daría origen a una trama urbana con una sugerente identidad, bautizando sus primeras vías con los nombres de Saturno, Mercurio, Urano, Júpiter, Cibeles y Juno. Nunca entenderé por qué, pudiendo honrar a tantos ciudadanos o lugares autóctonos, se buscan este tipo de opciones para nuestras calles... La mitología está muy bien, y de hecho se ha utilizado para nombrar algo tan universal como el sistema planetario, pero para una calle, algo más próximo sería lo ideal, ¡digo yo! Que uno sale de casa a comprar el pan y parece que va camino del espacio.

 


viernes, 18 de septiembre de 2026

Que hubiera pasado

En 1895 se había eliminado el viejo Ponte Pedriña y, después de un tiempo con uno provisional de madera, se levantó este Muro puente (Foto 1957 Miguel Angel Villar recuperada con I.A.). si os fijais vereis que faltaba una calle al completo...

Hubiera cambiado la ciudad.

Ya me anticipo a las muchas opiniones que no coincidirán con la mía, y admito que quizá quienes las sostienen tengan razón y sea yo quien esté equivocado. Pero la realidad es que, como nunca se llevó a cabo, jamás sabremos qué habría sucedido.

Intentad imaginar por un momento que se hubiera decidido cubrir el cauce del Barbaña entre el puente de Marcelo Macías y el puente Lebrón. En mi opinión, habría sido una idea magnífica… aunque solo comparable con otra posibilidad que todavía hoy me parece más atractiva: haber transformado ese recorrido en una gran zona de recreo y disfrute, aprovechando todas las posibilidades que ofrece tener un río encauzado atravesando la ciudad.

Por desgracia, ninguna de las dos opciones llegó a desarrollarse plenamente. Es cierto que la desembocadura fue cubierta y hoy ese espacio lo ocupa la calle Pardo de Cela, cuyo principal objetivo es aliviar el tráfico del centro; aunque, para ser justos, con un resultado que probablemente los peatones valoran con bastante menos entusiasmo.

También existe un paseo que continúa mejorándose poco a poco y que invita a pensar que quizá algún día la segunda opción termine por convertirse en realidad. De momento ya contamos con varias zonas ajardinadas. Confiemos en que se siga avanzando en esa dirección.

Pero vayamos al comienzo de esta historia.

En la vieja Auria, tener este río vertebrando la ciudad era, en principio, una auténtica comodidad: permitía dar salida con facilidad a las alcantarillas. Una solución práctica… o al menos eso parecía mientras la ciudad mantenía unas dimensiones razonables. Como suele ocurrir con ciertas ideas que parecen brillantes mientras el problema cabe en una libreta, a medida que Ourense fue creciendo aquello que había nacido como una ventaja empezó a convertirse, a pasos agigantados, en un serio problema de salud pública.

Postal EJP Paris Irun 1914. Vista del Barbaña desde el Polvorin???

No me consta desde cuándo comenzó en la ciudad la reivindicación del encauzamiento del Barbaña, pero sí sabemos que ya desde el siglo XIX la limpieza de sus aguas era un clamor popular. Entre actuaciones puntuales y remiendos municipales, el problema seguía ahí, esperando a que alguien decidiera afrontarlo de verdad.

Fue finalmente en 1915 cuando se recibió del Ministerio de Fomento la cantidad de 31.444 pesetas (aunque lo parezca. aquello no era escaso). Según los cálculos de la época, equivalía aproximadamente al pago de unas 12.000 horas de trabajo de un peón o, dicho de otro modo, permitía contratar a unos 40 obreros durante un año entero. Aun así, la magnitud del problema era tal que aquella inversión apenas alcanzaba para sanear el río. Porque llegado cierto punto ya no se trataba de limpiar el Barbaña: se trataba de intentar convencer a un río de que dejara de comportarse como la alcantarilla que durante décadas le habíamos pedido que fuese.

Se reintentó en 1932, pero en esta ocasión las arcas municipales no pudieron hacer frente a la parte que le correspondía y de nuevo quedó el tema pendiente.

Fue por fin en los años 50 cuando cogió de nuevo impulso dar solución al problema. Entre mis lecturas apareció un plan de esa década que proponía una solución integral a los males del Barbaña: desagües descontrolados, limpieza del cauce y eliminación de los puentes más débiles. Sobre la mesa estaba la opción de crear un nuevo vial cubriendo el cauce, algo que habría cambiado significativamente el tráfico de la ciudad. Sin embargo, aunque se comenzaron los trabajos, el elevado coste de las losas de hormigón que debían taparlo hizo que esa idea se desvaneciera.

A principios del siglo XX esta poldra no tenía nombre y hoy, aunque se ha convertido en un puente, sigue sin tenerlo; es el de la plaza de abastos... se le llamó un tiempo "puente pequeño", pero…

La realidad es que las obras de aquellos años cincuenta consiguieron evitar que las crecidas del Barbaña ocasionaran grandes problemas y se soterraron los primeros colectores de aguas residuales. Sin embargo, quedó pendiente la remodelación profunda del antiguo Ponte Pedriña. Este paso se había reconvertido provisionalmente en el "Muro puente" que veis en la fotografía de 1957, un punto negro que en su día solo disponía de un único ojo, interrumpiendo el paso por los márgenes. Hubo que esperar hasta la década de los 90 para que se acometieran las obras definitivas de apertura de la base y ampliación de la superficie, dando lugar al actual Puente de Ervedelo con sus dos carriles de circulación y amplias aceras.

Haciendo memoria, no hace mucho que algunos vecinos de O Couto me comentaban cómo recordaban que, durante esa última gran reforma, tenían que cruzar el río por una estructura de madera provisional que, según me decían, era un poco “precaria”...

A día de hoy, y desde 1996, la idea de cubrir el río ha quedado descartada por completo. Se han eliminado los vertidos directos totalmente y se ha iniciado la construcción del paseo fluvial y las zonas ajardinadas que algún día valoraremos como una de las mejores zonas de la ciudad. Hoy, en mi modesta opinión, le falta uso… y vosotros, ¿creéis que le falta vida al paseo actual o que realmente se debería haber cubierto en los cincuenta?

Foto original del diario Pueblo Gallego



jueves, 17 de septiembre de 2026

La historia del banco de La Coruña en Auria

     Tengo unos buenos amigos que fueron empleados de esta histórica entidad bancaria y ellos fueron quienes me contaron cómo eran, antiguamente, los tratos con la clientela; con sus luces y sus sombras. Hay algo esencial que no ha cambiado por más que haya pasado el tiempo: para el banco, "tanto tienes, tanto vales". Pero no voy a entrar en esos temas, sino en otros detalles que me transmitían.

Como sabemos, los ordenadores son algo muy reciente. La banca de antes no tenía más remedio que realizar a mano todos los apuntes contables; un proceso que ralentizaba enormemente el trabajo pero que, sin duda, tenía su encanto. A cambio, cada sucursal necesitaba un número considerable de empleados. Y por qué no decirlo: en aquella época, ser empleado de banca aportaba un gran prestigio social, por no hablar ya de ser director o interventor. Hoy en día, el reconocimiento y el sueldo se han equiparado al de la mayoría de los profesionales; no es que no se les tenga consideración, pero no se puede comparar con lo que me cuentan de aquellos tiempos.

El caso es que mis amigos me han facilitado un folleto que se editó para clausurar la historia de la entidad en Ourense. En él sale esta fotografía de la oficina del Paseo. No sé si, solo por la imagen, ya sabéis dónde estaba ubicada???. Si os fijáis a la derecha, se puede ver el inicio de las escaleras de Paz Novoa.

        Fue el viernes 1 de junio de 1928 cuando se celebró su inauguración. Su primer director fue don Ricardo Castro Herrero, quien estuvo al frente hasta 1931. Después le sucedió Joaquín Rodríguez, hasta 1948; seguido de Florencio Domínguez Caamaño, hasta marzo de 1964; y, finalmente, Enrique Grandal Diana. Este último fue quien vivió el periodo de fusión con el Banco de Bilbao y el traslado a la nueva oficina del Paseo, esquina con Concordia, en el solar que había ocupado la Chevrolet. Grandal Diana fue director desde 1970 —año en que se fusionaron ambas entidades— hasta su prejubilación en 1984.

El Banco de La Coruña llegó a tener hasta siete sucursales en nuestra provincia. Las primeras fueron las de Ourense, Verín, A Rúa y Ribadavia. En 1933 cerró la oficina del Ribeiro y no hubo más movimientos hasta que se abrió la oficina de Canedo en 1955, la de Cualedro en 1966 y, finalmente, Celanova y Ribadavia, que reabrió en 1969 para ver si esta vez lograba consolidarse. Sin embargo, como os he dicho, en 1970 el Banco de La Coruña se fusionó con el de Bilbao, por lo cual... eso ya es otra historia.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Las inundaciones de Xinzo


Ya os he hablado en varias ocasiones de las inundaciones que sufrió la Limia en 1966. Incluso os conté cómo Pastor Fábrega y un amigo, que habían ido a pescar con su barca, terminaron colaborando en el rescate de numerosos vecinos.

Hace poco encontré una fotografía en la prensa de la época que refleja con total claridad la magnitud del desastre. Contemplar barcas navegando por las calles puede parecer una imagen curiosa hoy en día, pero para los afectados fue una experiencia aterradora: plantas bajas anegadas, corrales inservibles y sótanos completamente destrozados.

Por fortuna, la villa supo reponerse...

martes, 15 de septiembre de 2026

Irreconocible

No hace muchos días os mostraba otra fotografía similar a esta. El motivo de que los ourensanos quisieran guardar esta imagen de recuerdo, precisamente por lo que "NO" veis en ella, está claro. Y es que la zona iba a sufrir un cambio radical: el Camiño do Vao y todo su entorno se convertirían en el primer centro comercial de la ciudad.

Hoy, tras más de 25 años en funcionamiento, tal vez se podría hacer un estudio para conocer su influencia en el comercio local. Aunque, viendo los derroteros que está tomando el comercio tradicional frente a la competencia digital, casi mejor no meterse en ese jardín... los expertos sabrán.

lunes, 14 de septiembre de 2026

El San Lazaro en el parque.

        Algún día, los entendidos posiblemente hagan un estudio de todos los traslados de edificios, fuentes, estatuas y demás elementos urbanos que se han movido en esta ciudad.

No he conseguido justificar ninguno de ellos; si acaso, el traslado del puente de Pelamios para evitar su pérdida, aunque viendo cuál parece ser su final, tampoco se justifica mucho. Habrá quien diga que la iglesia de los Franciscanos mejoró enormemente con el traslado y, sí, en su ubicación en el parque es mucho más visible que en su emplazamiento original, pero seguramente los vecinos de la zona alta de la ciudad echan en falta, en más de una ocasión, tener servicios religiosos cerca.

Hoy, con la ayuda de la IA, he mejorado esta fotografía que nos permite ver otra de las capillas que se desplazaron. En este caso, debemos estar contentos, porque la operación de traslado no fue precisamente un ejemplo de eficacia y sentido común: aunque se desmontó con rapidez y se suponía que se iba a erigir de nuevo en Peliquín, alguien se olvidó de dotar la operación de presupuesto. Todas las piedras desmontadas estuvieron abandonadas durante muchos años, lo que llevó a la desaparición de un buen número de piezas que los vecinos utilizaron para cierres y hornos. Al final se recuperó y hoy se puede disfrutar de ella en todo su esplendor en ese barrio ourensano que, en mi opinión, tiene un gran encanto; es de las zonas en las que aún se respira "vecindad".



 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Minuteros y Leyquistas historia de la fotografía

  


Oficios del pasado

Fotógrafos de cajón “Minuteros” y “leiquistas”

Hoy en día, con el móvil siempre en el bolsillo y la cámara a un toque de distancia, es fácil olvidar lo que significó en su momento capturar una imagen. Hacer una fotografía era, no hace tanto, un acontecimiento.

La historia de la fotografía arranca con máquinas complejas y costosas que ponían este arte fuera del alcance de la mayoría. Las primeras fotografías eran retratos de estudio, encargados por familias adineradas que podían permitirse semejante lujo. El proceso era lento, caro y técnicamente exigente: requería equipos voluminosos, tiempos de exposición prolongados y conocimientos que estaban al alcance de muy pocos. Aquello era, en suma, un privilegio de pocos.

Fue a comienzos del siglo XX cuando una nueva figura empezó a democratizar el oficio: los fotógrafos "minuteros", conocidos entonces como fotógrafos "de cajón". El nombre lo decía todo: trabajaban con un cajón en el que manipulaban negativos y líquidos químicos, protegiendo el proceso de la luz. Era un sistema ingenioso que permitía revelar la fotografía en el acto, ante los ojos del cliente, sin necesidad de un laboratorio fijo. La clave del negocio estaba en conseguir el mejor objetivo posible, ya que, que se sepa, no existieron fabricantes de este tipo de máquinas como tales, sino únicamente de las ópticas que las equipaban.

Ourense, como no podía ser de otra manera, tuvo los suyos. Aunque las referencias documentales son escasas —eran en su mayoría trabajadores ambulantes que no dejaban demasiado rastro en los archivos—, la ciudad contaba con su presencia habitual. La fotografía de cabecera que acompaña este artículo resulta elocuente: en la plaza Mayor convivían dos fotógrafos en perfecta armonía, integrados en el bullicio cotidiano junto a los puestos del mercado que aún se instalaban allí, frente al ir y venir de la Casa do Concello. Eran un negocio más entre los demás, tan natural como el puesto del verdulero o el del afilador. Los días de fiesta, su lugar preferido era la Alameda, donde se apostaban en puntos estratégicos a la espera de clientes.

Con el tiempo, algunos de aquellos ambulantes echaron raíces. Apellidos como Mazaira o Sanjurjo levantaron sus laboratorios en las barracas de la Alameda y dieron el salto a un trabajo más elaborado: ya no bastaba con un retrato sencillo. Pusieron de moda los paños de fondo —unos serios, otros desenfadados, otros de corte romántico—, y completaron la oferta con atrezo: el caballito de madera, la gorra de marinero, el traje de torero... Pequeños detalles que convertían un retrato en una pequeña puesta en escena. En muchos álbumes familiares ourensanos se conservan auténticas joyas de este estilo, imágenes que hoy nos hablan de una época con una elocuencia que ningún texto podría igualar.

Un momento decisivo para la profesión llegó en la década de los cuarenta, cuando la implantación generalizada del documento nacional de identidad impuso la fotografía de carnet para todos los españoles. La demanda se disparó y el número de fotógrafos creció de forma exponencial. Muchos pudieron rentabilizar el negocio lo suficiente como para establecerse en locales fijos más cómodos. En paralelo, el Ayuntamiento de Ourense decidió que las barracas de la Alameda no ofrecían la imagen adecuada para la ciudad y ordenó su retirada. Aun así, profesionales como Manuela Saburido, esposa de Mazaira, siguieron trabajando al aire libre durante algún tiempo, con una clientela fiel que la buscaba a ella expresamente. Llegó incluso a desplazarse periódicamente a villas de los alrededores, donde ya la esperaban quienes querían retratarse.

Podría pensarse que, en este nuevo escenario, los fotógrafos habrían abandonado la calle para recluirse definitivamente en sus estudios. Pero la realidad, como casi siempre, desmiente lo previsible.

Al margen de los minuteros "de cajón", que por una combinación de tradición y vocación siguieron presentes durante años en ferias y romerías, tampoco era raro verlos los fines de semana en los parques de la ciudad: O Posío, San Lázaro, la Alameda... La segunda fotografía que acompaña este artículo es un buen testimonio de ello: si os fijáis en la esquina de entrada al parque, veréis una cámara de minutero y al fotógrafo sentado tranquilamente en el banco de piedra, esperando. Era otra época; la capilla de San Lázaro reinaba todavía en el parque sin la presencia de la escultura de Asorey, que aún tardaría en llegar. Una imagen dentro de la imagen, como tantas veces ocurre con las fotografías antiguas.

Y entonces comenzó a aparecer, en calles y lugares de afluencia de público, una nueva variedad de fotógrafo callejero: los "leiquistas". El nombre, poco agraciado, venía de la marca que más apreciaban por la calidad de sus imágenes y la comodidad de uso. La Leica, con su formato compacto y su óptica excepcional, había revolucionado la fotografía de reportaje en toda Europa, y sus virtudes no tardaron en seducir también a quienes hacían de la calle su estudio. Aunque cualquier cámara de 35 mm servía para el oficio —no todo el mundo podía permitirse una Leica de verdad—, el apodo quedó para todos ellos.


Este capítulo merece un apartado propio, y en él cabe destacar que no fueron solo hombres quienes protagonizaron esta historia. Ya en la etapa anterior encontramos figuras femeninas fundamentales: Manuela Saburido, como hemos visto, fue una de las profesionales más reconocidas de su tiempo. En los primeros estudios fijos de la ciudad también hubo presencia femenina, como Manuela Sanjurjo o Mari Arredondo. Y entre los leiquistas, Cheluca Covelo siguió esa estela con mérito propio. Pero hay una deuda pendiente que conviene señalar: muchas otras mujeres sostuvieron estos negocios desde la oscuridad del laboratorio, revelando negativos, copiando fotografías, tirando del negocio en silencio. Su contribución fue imprescindible, aunque la historia raramente les haya dado el lugar que merecían.

Quedan pues pendientes otros dos artículos: el de las mujeres en la fotografía ourensana y el de los leiquistas, que sin duda darán para mucho. Os adelanto algunos nombres por si queréis ir haciendo memoria: Rizo, Cudeiro, Fernández, Leandro, Ricardo, Conde, Cardoso... Una lista que es, en sí misma, un pequeño homenaje a quienes hicieron de las calles de Ourense su estudio y de sus vecinos, su mejor materia prima. Pero esa es otra historia, y merece contarse con el espacio que le corresponde.

jueves, 10 de septiembre de 2026

El centro urbano años 30. I.A.


 Pocas fotografías son capaces de mostrar con tanta claridad la importancia de una zona de la ciudad. La imponente presencia del Gran Hotel Roma y los autocares de viajeros ya indicaban que este lugar funcionaba, en aquellos tiempos, como una improvisada estación de autobuses. En ese espacio convivían el «bus-taxi» que el propio hotel ofrecía a sus huéspedes con el pequeño autobus que hacía las veces de urbano; junto a ellos, aguardaban también el coche de Verín, el de O Carballiño...

Si nos fijamos bien, también podemos ver la administración de lotería que, hábilmente, se colocó entre la peluquería del Roma y la entrada principal. ¿Quién se iba a resistir a llevarse la suerte de viaje?

La escena se completa con otros detalles interesantes: la presencia de la central telefónica, los carros de tracción animal y, cómo no, el paisano que transita con su bicicleta en medio de la calle del Progreso. Sin duda, eran los primeros destellos de los tiempos modernos...

miércoles, 9 de septiembre de 2026

La inteligencia artificial tiene su utilidad.

Estuve este verano investigando sobre la novedosa y "preocupante" inteligencia artificial; y, viendo lo que es capaz de hacer, mantengo mi opinión: es imprescindible una regulación con penas muy duras para el mal uso. Pero, al mismo tiempo, me rindo ante sus habilidades.

Ya antes del verano os mostré cosas que se podían hacer, como dar vida a fotografías o recuperar imágenes que el paso del tiempo había deteriorado con rayas, manchas, etc. O lo que más me está ayudando en www.ourensenotempo.com: recuperar fotografías publicadas en prensa antigua que prácticamente no tenían valor ninguno porque solamente se veían manchas.

Sin entrar en discusión con quienes dicen rechazar el uso de esta nueva tecnología (aunque tengo sospechas de que la usan a diario en estos y otros formatos, ya que la IA lo mismo te hace una receta de cocina que te redacta un artículo de prensa...), en mis blogs la usaré siempre que lo considere necesario; principalmente, como os digo, para recuperar imágenes que de otra manera se perderían.

Hoy os presento una vista original de la Avda. de Francia. HOY ¡Aquí tenéis la calle Ervedelo en los años 60!

martes, 8 de septiembre de 2026

El trafico del puente de hierro

 Los puentes son el verdadero esqueleto de Ourense. Desde el veterano Puente Mayor hasta la pasarela más vanguardista, cada uno nació para dar respuesta a una necesidad vital de nuestra gente.

Esta fotografía, tomada exactamente en 1953, capta un instante de ese pulso diario. Si la miramos con ojos de hoy, que solo veamos tres carros y una bicicleta transitando nos puede parecer poca cosa. Pero hay que hacer el esfuerzo de viajar con la mente a aquellos años: para la época, eso era un movimiento constante, el ritmo real de la vida de entonces.

El plano tiene, además, el valor de los momentos históricos de transición. Se capturó desde el tramo de cemento del nuevo Viaducto que ya estaba concluido ese año, mientras la estructura central todavía peleaba por terminarse (un retraso que pospondría la inauguración oficial unos años más). Aun estando a medio hacer, asomarse desde allí ya permitía vislumbrar una revolución inminente para el comercio y la sociedad ourensana. Esa mole de piedra y hormigón iba a ser el equivalente al AVE de nuestros días: el hachazo definitivo a las distancias que nos separaban del centro de la Península y el motor que aceleró nuestro futuro.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La Virgen de los Remedios y sus "madamitas"

 Por fortuna, aún conservamos la tradición de la quema de madamitas, aunque hoy en día la relacionamos únicamente con la festividad de San Lázaro. Sin embargo, existen pruebas de que era una práctica extendida a más de una fiesta popular de los ourensanos; y aquí tenemos la constatación de que la romería de los Remedios también contaba con ese "espectáculo".

Durante muchos años fueron los Méndez, familia propietaria por derecho de la ermita, quienes se encargaban de organizar la fiesta y los actos litúrgicos en estrecha colaboración con el Obispado. Eran tiempos en los que el 9 de septiembre no era un día festivo oficial, pero se estilaba otra fórmula: el medio festivo. Era algo similar a un sábado actual; por la mañana la actividad laboral era normal y por la tarde (aunque los que podían ya lo hacían a media mañana), los ourensanos se encaminaban hacia la ermita para honrar a la Virgen y festejar. No he conseguido averiguar con certeza si los colegios daban el día entero libre, pero me da la sensación de que sí...

A juzgar por las madamitas ya preparadas, la fotografía fue tomada sin duda el día grande de la novena, pero debió de ser por la mañana, pues aún faltaba por llegar el grueso de los romeros. Aun así, ya se aprecian puestos montados para la venta de las típicas medallas y escapularios, e incluso se llega a ver una ruleta de barquillos. La fiesta estaba a punto de comenzar.

Y un último detalle: la fotografía conserva una anotación por detrás que reza "año 1949", así que ya contamos con otro dato contrastado para nuestro archivo.

viernes, 4 de septiembre de 2026

La entrada al Paraiso

  


La entrada al Paraíso.

O historia de una escalera

Una de las últimas veces que pude hablar con la entrañable Olga Gallego fue en un acto celebrado en el paraninfo del instituto Otero Pedrayo en 2010. Fueron apenas 5 minutos, pero con esa gran mujer eso podía ser un "mundo": los datos que manejaba en aquella cabeza eran envidiables. No me molesta confesar que para mí fue un orgullo que Olga se dirigiera a mí. Con su hermana Pilar, e incluso con su hermano Luis, tenía bastante confianza, pero con Olga siempre me sentía cortado. El caso es que fue ella la que se dirigió a mí para comentar una fotografía que en aquellos días había publicado en www.ourensenotempo.com, esta que aquí os muestro:


Como veis, es la balconada del "Patím Vello", para que nos entendamos, la que da a Juan de Austria. La imagen muestra varios detalles significativos. El más obvio, el de las cintas pegadas a los cristales, colocadas para evitar que la rotura de cristales por la previsible caída de bombas hiciera más daño del necesario (con eso podemos situar la fotografía en el entorno de la guerra civil, 1936-…). Pero lo que más llama la atención no es eso, ni siquiera que al fondo se adivine la fachada de la iglesia de los Jesuitas, "Santa Eufemia". Lo inesperado es ese edificio que precisamente la oculta. Mis lectores ya saben que fue uno de los que cayeron para ampliar esta plaza, algo que se hizo eliminando al menos cuatro edificios.

El caso es que ella me dio de inmediato datos que a mí me había costado varias semanas de búsqueda obtener. Os recuerdo que a Vázquez Gulías se le encomendó, a finales del siglo XIX, reformar esta calle buscando su ampliación, e hicieron falta casi 40 años para verlo hecho realidad.

Con este preámbulo, llega el motivo de este artículo: Olga, supongo que para animarme a seguir con mi afición por la historia de Ourense, me dio un dato que yo, y creo que la gran mayoría de vosotros, desconocíamos: aunque no se diseñó con esa intención, hubo un tiempo en que la entrada del pórtico del Paraíso era accesible desde el exterior.

Todos sabemos que, hasta hace bien pocos años, el acceso frontal a nuestro templo era imposible, ya que esa entrada se había dejado como una balconada por encima de la calle de las Tiendas. El desnivel complicaba dar otra solución, ante la falta de espacio con las edificaciones que, al parecer, existían allí desde un principio. No lo puedo asegurar, pero es muy probable que la mayoría de esas viviendas pertenecieran a gente del clero, como parece atestiguar el nombre de la calle paralela: Arcedianos, también llamada de la Gloria… Y ya sabemos aquello de "¡con el clero hemos topado!". ¿Quién se atrevía a tirarles sus viviendas?

En los años 80 del siglo XX se daba fin a un proyecto que el arquitecto Pons Sorolla había diseñado para abrir la plaza de San Martiño: se construyó la escalinata actual, aunque el planteamiento de la solución venía ya perfilado desde años antes. No era el primer intento: ya en 1927 el arquitecto Antonio Palacios había propuesto otro plan aún más ambicioso, encargado por el obispo Cerviño. En su versión más audaz, aquel proyecto llegaba a plantear la construcción de una gran plaza porticada de 24 por 50 metros cerrada frente a la catedral por un gran arco, y para conseguir el espacio necesario habría que expropiar y derribar cuatro edificios de la calle de las Tiendas, nueve de la calle de Arcedianos y otros dos de la calle Lamas Carvajal, el Liceo estaría frente por frente con la catedral. Ambos proyectos se basaban en las escaleras para realizar el acceso.

Sin embargo, lo que Olga me apuntaba, es que en otros tiempos, los desechos de la propia obra, junto con otros provenientes de la construcción de edificios cercanos, fueron amontonándose en ese desnivel, y que terminó generándose un terraplén que con más ganas que medios se podía utilizar como acceso.


Hoy, gracias a la inteligencia artificial, puedo mostraros aproximadamente cómo pudo haber sido esa entrada. Que, por otra parte, tampoco era tan necesaria como pudiera parecer, y si no estoy equivocado, en el proyecto original nunca se había planteado que se accediera por esa entrada al templo. La existencia de los bajos comerciales que aun hoy existen y los que se aprecia fácilmente que se han cerrado vendrían a confirmar que no hubo intención de construir esa escalinata.

Recuerdo un artículo del profesor Eguileta, en el que nos comentaba precisamente que estudiosos del tema no veían con buenos ojos la apertura de esas terrazas que tenía nuestra catedral, aun a pesar de que con ello se daba más visibilidad a la fachada principal del templo. El profesor Pita Andrade reivindicaba, de hecho, su conservación para poder recordar que esa misma estructura la tenía la fachada de la catedral de Santiago. Y es que, en efecto, la fachada occidental de Ourense, al igual que la del Obradoiro en Santiago de Compostela, no se concibió originalmente como acceso al templo, sino como un gran balcón. Ah, y también nos daba otro dato que suele pasar desapercibido: Santiago tiene plaza del Obradoiro y Ourense calle del Obradoiro (Lepanto es la antigua rúa de la obra, "Rúa operis").

Por último una pregunta: ¿Os imagináis como quedaría esa zona si los locales comerciales existentes y los arcos que se adivinan en la pared de esa fachada se abrieran a modo de soportales?. En mi modesta opinión, la plaza ganaría en espacio, y en estética…. Hay lo dejo…..

sábado, 25 de julio de 2026

O Espertar dun Pobo

             o espertar dun pobo

ourense no Día de Galicia


Se lle preguntas a calquera que é o 25 de xullo, falarache de Santiago, de botafumeiros e de actos oficiais. Pero o Día de Galicia non naceu nun despacho. Naceu na pel, na distancia e nesa palabra que só nós sabemos pronunciar co corazón na man: A MORRIÑA.

Aínda que din que o Día de Galicia xurdiu en 1919 coas Irmandades da Fala, en Ourense o espertar da identidade viña de moi atrás. Moito antes de que os intelectuais puxesen de moda o galeguismo, Valentín Lamas Carvajal xa abrira o camiño. En 1876 fundou en Ourense O Tío Marcos da Portela, o primeiro xornal editado integramente en galego. Aquelo foi unha revolución. Non era unha publicación pra catro sabios; vendíase por miles nas feiras e chegaba ás aldeas. Cun ton retranqueiro e popular, Lamas Carvajal ensinoulle aos labregos e artesáns que o seu idioma era digno de imprenta. Foi o primeiro en demostrar que a nosa lingua era o noso maior símbolo de identidade.

Cando décadas despois colleron o relevo Risco, Cuevillas e, por riba de todos, don Ramón Otero Pedrayo, o terreo xa estaba sementado. Otero Pedrayo, patriarca das letras galegas, colleu xunto cos seus compañeiros de Nós ese idioma popular para levalo á filosofía, á ciencia e á vangarda europea.

Don Ramón entendeu mellor que ninguén que a maneira de potenciar o galego non era a través da imposición ou a obriga, que son ferramentas que adoitan lograr o efecto contrario. O segredo estaba en prestixialo, en espertar no pobo a convicción e o namoramento de que a súa lingua era valiosa. Ourense estaba a conseguir o milagre: transformando o galego de ferramenta do campo nun orgullo que a xente abrazaba por propia vontade. O 25 de xullo era a reválida anual dese orgullo conquistado nas rúas, nos quioscos e no corazón dos veciños. (Logo as cousas torceron, e polo de agora non se conseguiu recuperar o estilo dos pioneiros).

Pero daquela a identidade galega estaba coxa, porque Ourense tiña a metade do seu corazón partido pola emigración. Aquí é onde a morriña deixa de ser unha tristura pasiva para converterse nun motor. O Día de Galicia concibiuse como unha ponte invisible que cruzaba o Atlántico pra abrazar os que marcharan.

Mentres na provincia a xornada se vivía pensando no retorno, nos Centros Galegos de Bos Aires, Montevideo ou no Centro Galego da Habana, os ourensáns emigrados daban a batalla na distancia. Alí, o 25 de xullo era un día para vivir con orgullo. Escoitar a gaita, aqueles alalás e muiñeiras, aquelas pandeiretas e a simple cuncha da vieira e, por riba de todo, falar. Falar o galego en voz alta na diáspora era o mellor remedio contra o esquecemento. O idioma funcionaba como a única patria que ninguén lles podía quitar.

Esa morriña non quedaba en bágoas de banquete. O emigrante ourensán era de ideas claras e carteira por diante. Os cartos que enviaban con moito suor financiaron escolas, estradas e sociedades de progreso nos seus pobos. Máis tarde, a diáspora salvou a nosa cultura editando moitos dos libros e periódicos que hoxe son parte do noso patrimonio cultural. Os intelectuais, desde Ourense ou alá mesmo —que tamén emigraron—, poñían as ideas e a lingua, e os emigrantes sostiñan o orgullo e o futuro na distancia.

 Ali estaban os ourensáns das Irmandades da Fala. Monforte 1922

Celebrar este día non é mirar un calendario oficial; é entender que Galicia lle debe o seu espertar cultural e o seu corazón ás nosas rúas, aos nosos cafés, ao maxisterio de Otero —que nos ensinou a amar a lingua por convicción—, das irmás Do Campo, de Filomena Dato, de Risco, de Cuevillas… de todo un pobo que se sente GALEGO.

Neste día, o propio é brindar polo que fomos e polo que somos cun groliño do noso licor café, escuro e vivo coma a nosa historia…

Feliz Día de Galicia.

martes, 30 de junio de 2026

Feliz verano....

 


☀️ ¡Llegó el verano y toca hacer las maletas! ☀️

Una nueva temporada de ourensenotempo.com llega a su fin. Como cada año por estas fechas, os doy un respiro de las pantallas y los medios digitales para que disfrutéis de las vacaciones.
¡Pero no os quedaréis sin vuestra dosis de nostalgia! Si os apetece seguir viajando al pasado a través de imágenes antiguas, podréis hacerlo en papel. Si nada falla, desde el 1 de julio hasta el 31 de agosto, tendréis una fotografía de Ourense no Tempo cada día en la sección especial de verano del diario La Región.
En septiembre espero seguir contando con vuestro increíble apoyo. Os adelanto que vuelvo cargado de sorpresas... ¿Tal vez el tercer libro? 😉
Además, estos meses me estaré familiarizando a fondo con la Inteligencia Artificial. Como os he comentado alguna vez, considero que la IA, bien utilizada, es una herramienta magnífica (aunque necesita una regulación estricta para evitar su mal uso). Últimamente os he mostrado ejemplos de lo que se puede lograr: recuperar imágenes inéditas a partir de viejas fotografías de prensa donde casi no se intuía nada, combinando un buen tratamiento fotográfico con rigor y conocimientos históricos. Estos días pienso divertirme y experimentar con la IA... ¡a la vuelta me diréis si os gusta el resultado!
 Una última petición antes de marchar...
¡No os olvidéis de rebuscar en los cajones! Esos pequeños objetos sin valor económico aparente son un tesoro para mí, ya que me ayudan a reconstruir y recordar el pasado comercial de nuestra provincia:
🔑 Llaveros
🔥 Mecheros y cajas de cerillas
👟 Calzadores
🛍️ Bolsas comerciales antiguas
Nota: ¡No hace falta que os deshagáis de ellos! Me basta y me sobra con que les saquéis una buena fotografía.
¡MUCHAS GRACIAS A TODOS Y FELIZ VERANO! 


lunes, 29 de junio de 2026

La "cicatriz industrial"

 


Esta es la primera foto que veo obtenida de este lado de la estructura. y aunque sea una especulación creo que sería tomada en 1953 cuando se había dado la orden de derribo. Foto Villar. Miguel Ángel

    La mejor manera de definir esta estructura es como una “cicatriz industrial”. El ferrocarril, tan esperado en Ourense, llegaba desde Vigo haciendo un recorrido a la inversa de lo previsto. Eso sí, traía viajeros de Madrid, pero tras un largo trayecto que pasaba por el vecino Portugal.

Siempre que encuentro una fotografía de esta estructura, no puedo evitar pensar en que los beneficios que el ferrocarril traía para Canedo y Ourense se cobraban bien caros en la zona de la vieja estación. Fueron más de setenta años en los que esa cicatriz alteró la vida del barrio.

Otro enigma al que he intentado dar respuesta es por dónde discurría exactamente la vía ferroviaria. Al leer los periódicos de la época, la sensación es que corría pegada al río. Aunque en gran parte del recorrido esto es más que posible, en las cercanías de la ciudad supondría un desnivel considerable. Últimamente, a falta de datos concluyentes, me inclino por situar la vía por encima de la altura de lo que hoy es el barrio del Ribeiriño. Aun así, salvar la pendiente durante los crudos inviernos ourensanos de lluvia y heladas era sumamente difícil, y la tracción de las locomotoras fallaba por completo de manera frecuente. El trabajo de los ferroviarios se volvía entonces heroico: debían pasar gran parte de su jornada esparciendo arena manualmente sobre los raíles para evitar que las ruedas patinaran.

La liberación definitiva llegó en 1952 con la inauguración de la nueva estación de Ourense-Empalme. Poco después, en 1953, el puente de hierro fue finalmente desmantelado. Su desaparición sanó la división del barrio y dejó un vacío urbano que propició el nacimiento del actual parque de A Ponte, sepultando para siempre al gigante de metal de la avenida.

Con esta fotografía son ya cuatro las que tengo en mi archivo con esta estructura de protagonista, pero seguramente sean muchas más, ya que en los años 50 comenzaban a ser habituales las cámaras en poder de los particulares, y hacer fotos para el recuerdo de este “monstruo”, me parece que seria una buena idea. 

Si tenéis alguna me gustaría verla mi mail ya lo sabéis ourensenotempo@hotmail.com

sábado, 27 de junio de 2026

Entretenido con la I.A.


 No me cansaré de decir que esto de la IA me genera grandes dilemas: por un lado es fantástica y, por otro, aterradora. A lo mejor, aportando nuestro granito de arena entre todos, conseguimos que la parte alarmante se vaya diluyendo, aunque es innegable que su impacto siempre dependerá de las manos en las que caiga.

En imágenes como la de hoy, creo que está bien utilizada. En el siglo XVI, el actual campo de los Remedios se llamaba el «Campo del Desafío» y que yo sepa no existe ningún cuadro pictórico que nos lo muestre; desde luego, fotografías es imposible que haya. Por ello, pedirle a la IA que nos permita ver una escena in situ no me parece mala idea. ¿Qué os parece?

Si alguno quiere pasar la imagen a lienzo y colgarla en el salón, tiene mi permiso. Aunque, pensándolo bien, quedaría mucho mejor en un pazo o en alguna de las propiedades de los Méndez.

viernes, 26 de junio de 2026

Oficios del Pasado. Vendedor de entradas de espectaculos.

 

Juan Rego durante ños encargado de la venta de entradas en las taquillas oficiales

Oficios del pasado:

Vendedor de entradas de espectáculos

Es una realidad incontestable que antes no existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes. Sin embargo, nuestros mayores se las ingeniaban para dar soluciones creativas a los problemas cotidianos de la época. Hoy en día, comprar una entrada para un concierto, una obra de teatro o una sesión cinematográfica es un acto mecánico que casi solo concebimos a través de una página web o una aplicación móvil. Los cines de estreno, cada vez con mayor frecuencia, centralizan sus ventas en internet, aunque de momento mantienen las taquillas. Si acaso, los estadios de fútbol es donde más necesarias son y aún conservan la clásica taquilla, donde todavía es habitual ver colas de aficionados los domingos por la tarde, aguardando su turno, horas antes del pitido inicial.

Hubo un tiempo, en que la única opción aparente para asegurar un asiento en los eventos era armarse de paciencia y hacer una larga fila ante la ventanilla. ¿O tal vez no era la única vía? La historia de Ourense nos demuestra que la necesidad y la picaresca bien entendida dieron origen a un oficio hoy extinto: el vendedor callejero y comisionista de localidades.

Para comprender la evolución de esta actividad, es de justicia rescatar aquellos nombres propios que custodiaron los primeros talonarios de papel y matriz. El primer taquillero del que se tiene constancia en la memoria popular era el señor Pirús. Aunque el paso del tiempo ha difuminado los detalles exactos de su biografía, los registros del fútbol apuntan a que en la década de 1920, un jugador del Orense respondía a ese apodo, por lo que es muy probable que se tratase de la misma persona vinculada al club tras colgar las botas.

Posteriormente, la responsabilidad recayó en una figura harto conocida por los ourensanos de la época: don Juan Rego. Hombre polifacético que, compaginaba diversas ocupaciones con una estrecha colaboración con el entramado deportivo y cultural de la ciudad. Don Juan en ocasiones asistido por Adolfito, (mi añorado amigo Adolfo Rego), gestionaba la venta de localidades no solo para el fútbol local —transitando por las distintas denominaciones de la entidad. como el Club Deportivo Orense, la Unión Deportiva Orensana o el Burgas—, sino también para algunos de los cines que amenizaban las tardes de la posguerra.

Los aficionados más veteranos quizás recuerden aquella pequeña caseta de madera instalada estratégicamente en la céntrica calle del Paseo, justo en la esquina del emblemático chalet de Losada. Aquella modesta construcción supuso una auténtica revolución para la comodidad de los ciudadanos. Allí podías adquirir tu entrada, sin la necesidad de desplazarte primero hasta el viejo campo Loña o, más tarde, a las modernas instalaciones del Estadio del Couto. El siguiente paso natural en esta evolución urbana llegó cuando el club habilitó las taquillas en el propio recinto del Estadio del Couto. Allí continuó don Juan Rego durante años, despachando billetes. Cuando las fuerzas flaquearon y decidió retirarse, el testigo pasó a manos del señor Pereira. El último eslabón de esta cadena de taquilleros oficiales fue Marina; una mujer sumamente popular en el Ourense de la segunda mitad del siglo XX, ya que compaginaba esta labor dominical con la regencia de su conocido quiosco de prensa situado en la calle del Villar.

Sin embargo, me estoy guardando intencionadamente una última figura en la manga. Un personaje crucial en el paisaje urbano de aquel Ourense en blanco y negro que, a cambio de unos pocos reales o de la simple generosidad del comprador, era capaz de ahorrarte las incómodas colas bajo la lluvia gallega, los desplazamientos de última hora y la terrible incertidumbre de quedarte a las puertas del gran evento tras haberse colgado el cartel de «no hay billetes», esto ocurría pocas veces, pero….

1978 Severino Pintos Salgado en la calle del Paseo despachando entradas del Couto. Los vinos, la Regidora, el Coralín. el Recaredo, el Miño…, eran otros locales donde encontrarlos

Antes de que este oficio se normalizara, existieron precedentes más informales. El más recordado era el gran Paco Madrid (lo de Paco es en todos los sentidos, grande como persona y grande de tamaño). Paco realizaba una actividad que hoy rozaría la reventa, aunque en aquel contexto se entendía como un favor personal remunerado. Conseguía entradas bien ubicadas cuando eran numeradas y las reservaba en exclusiva para aquellos que él denominaba con orgullo sus «socios». A cambio de asegurarles el acceso al partido o a la función cinematográfica, Paco les ganaba un buen extra económico bajo mano, operando siempre al filo de la estricta legalidad de la época.

La verdadera transformación y dignificación del oficio llegó en el año 1948 de la mano de Severino Pintos Salgado. Funcionario municipal y vecino del barrio del Couto, Severino era un hombre respetado que contaba con la absoluta confianza de la junta directiva del club de fútbol. Esa intachable reputación le abrió de par en par las puertas para oficializar la actividad que antes se hacía de tapadillo. Para ejercer su labor sin contratiempos, Severino obtuvo los permisos necesarios: las autorizaciones del club o de los promotores cuando se trataba de eventos deportivos —que iban desde el fútbol, hasta las veladas de boxeo, pasando por las corridas de toros—, y el permiso del Concello de Ourense cuando el espectáculo consistía en los concurridos asalto baile del jardín del Posío u otras variedades artísticas locales.

A diferencia del método de Paco Madrid, el sistema de Severino era notablemente más ético y, a la postre, igual de rentable. Severino no imponía un recargo fijo sobre el precio de la entrada. Él se limitaba a ofrecer el servicio a pie de calle, y ganaba exclusivamente lo que la gente, de manera voluntaria y agradecida, le dejaba como propina o «voluntad».

Para constatar que este servicio alternativo era un negocio próspero y demandado por la sociedad ourensana, basta señalar que, con el tiempo, la ciudad llegó a mantener a tres de estos vendedores autorizados operando simultáneamente: el propio Severino Pintos, su hermano José Pintos y un tercer personaje popularmente conocido como «El Coruña».

La jornada de trabajo de estos hombres seguía un rito preciso. Lo normal era que, dos o tres horas antes del comienzo del evento, se dejaran ver por la calle del Paseo, siempre en las inmediaciones de la taquilla oficial que allí se ubicaba, captando a los rezagados o a aquellos que preferían evitar la aglomeración. No obstante, el verdadero corazón de su oficio latía en la hostelería local. Las cafeterías, tabernas y restaurantes más frecuentados del Ourense de la época constituían sus verdaderas oficinas comerciales. Los clientes habituales sabían perfectamente que podían encontrar a Severino o a sus compañeros entre las mesas y barras de establecimientos tan emblemáticos como el café La Regidora, el Coralín, el Recaredo, el Miño o en la zona de los vinos.

En las grandes ocasiones, cuando visitaba El Couto un rival de entidad o se programaba un espectáculo de enorme repercusión, el ritmo habitual de la ciudad se revolucionaba por completo. En esos días señalados, el vendedor callejero se convertía en la persona más buscada de Ourense. Era entonces cuando entraba en juego el arte de «tirar de libreta». Con días de antelación, estos profesionales apuntaban los encargos de sus clientes fijos asegurando la entrada. En los últimos tiempos, cuando en el estadio se llegaban a abrir hasta cuatro taquillas los vendedores se colocaban estratégicamente en la calle Ervedelo. 

La remuneración de este oficio se basaba, como ya he dicho, en el concepto histórico de «la voluntad». El beneficio dependía por completo de la generosidad de los parroquianos y de la coyuntura económica del momento; una dinámica laboral incierta sobre la que los propios trabajadores solían ironizar con una frase lapidaria que definía las oscilaciones de su fortuna y el ánimo de la clientela: ¡la voluntad, es como las ganas de trabajar!, «O no las hay, o son pocas». Con el cierre de los viejos teatros, la remodelación de las estructuras de los clubes de fútbol y, finalmente, la llegada imparable de la informática, la libreta de Severino y el pregón callejero de las entradas pasaron a formar parte exclusiva del patrimonio nostálgico de la ciudad.