Seguramente has oído hablar de ellos a los abuelos en alguna reunión familiar: los icónicos coches de «punto». Aunque el nombre nos suene a otra época, si lo pensamos bien, no eran más que los verdaderos antecesores de los taxis de toda la vida. El concepto era el mismo que el de los taxis con paradas fijas.
La clave de su nombre estaba, precisamente, en ese «punto» fijo: una parada que decidia el propietario y solicitaba su uso al ayuntamiento, normalmente ese punto era la casa del chofer o mejor aun un sitio publico muy frecuentada, alli esperaba tranquilamente la llegada de los pasajeros. A diferencia de lo que vemos hoy en las grandes ciudades, donde los taxis circulan de un lado a otro a la caza del cliente despistado, los coches de punto guardaban su sitio. Desde allí salían para llevar al viajero a su destino o, como era muy habitual entonces, para dar un agradable paseo. Esta costumbre fue decayendo con el tiempo, dejando ese disfrute más bien como un recuerdo nostálgico —¡seguro que a todos nos vienen a la cabeza las famosas calesas de Sevilla!—.
Pero el servicio no se quedaba solo en trasladar personas. Muchas veces ni siquiera había viajero a bordo: los chóferes asumían la tarea de hacer recados e ir a buscar encargos por la ciudad.
¿Y cuánto costaba este servicio? Para hacerse una idea de lo mucho que han cambiado las cosas, un anuncio del año 1926 marcaba la tarifa en unos ajustados 0,60 céntimos por kilómetro. Toda una curiosidad de nuestra historia urbana que nos demuestra que, la necesidad de movernos de un lado a otro sigue siendo exactamente la misma.
