Cronica negra, El Evaristo, una vida…
Evaristo Iglesias, nada más nacer, fue
entregado en el hospicio ourensano. Hoy posiblemente se investigaría para
conocer su origen, pero en los años treinta era perfectamente legal entregar a
un niño; lo ilegal era abortar. El hospicio era un mundo aparte, un espacio
donde la infancia transcurría entre muros grises, rutinas estrictas y la
ausencia de ese calor que solo una familia puede dar. Los niños aprendían a
valerse por sí mismos desde muy pequeños, porque nadie lo haría por ellos.
Durante sus primeros seis o siete años recibían educación y alimentación
promovidas por obras de caridad y ayudas públicas, aunque las condiciones no
eran precisamente las mejores.
Al cumplir los siete años se les empezaba a
buscar un medio de vida. La mayoría entraban como aprendices en algún taller,
aunque también existía la opción de hacerse "mozo de cuerda": esperar
en la estación, en el entorno de los hoteles o en algún comercio a que alguien
necesitara ayuda para transportar equipajes o mercancías. Esa fue la salida
elegida para Evaristo.
No era un trabajo fácil, pero para un rapaz
fuerte como Evaristo se pensaba que sería la mejor opción. Durante
aproximadamente un año se dedicó a ello, aunque no tardó en darse cuenta de que
el esfuerzo era mucho y el beneficio más bien escaso, así que comenzó a
explorar otras alternativas bastante más lucrativas, aunque también mucho más
peligrosas.
El robo de gallinas en el populoso barrio del Puente Mayor fue una de esas nuevas actividades. No puedo confirmar cuánto tiempo se dedicó a semejante "oficio", pero sí sabemos que en 1931, cuando cumplió diecisiete años, fue detenido como cabecilla de una pequeña cuadrilla de rateros, tras una noche en la que habían robado más de once gallinas. Ese fue el comienzo de una vida que no podría tener buen final. Tras su detención, le fue retirado el permiso necesario para ejercer como mozo de cuerda y tuvo que buscarse la vida de otro modo. En la ciudad ya era conocido y decidió cambiar de aires.
El siguiente paso fue unirse a un grupo de
vagos y maleantes asentados en el entorno de Maceda. Durante un tiempo
sembraron el terror en los caminos que circundaban la villa. Las gentes de
aquellos pueblos aprendieron a cerrar bien las puertas al anochecer y a
desconfiar de los desconocidos que se acercaban pidiendo cobijo o trabajo. El
nombre de Evaristo comenzaba a circular de boca en boca, siempre asociado al
miedo. No se podía presagiar un final feliz, y poco después llegó el
momento más grave de su biografía.
Ya se había hecho con una pistola y, de
hecho, la policía que le seguía la pista lo consideraba un
"pistolero" al más puro estilo de un gánster americano. Se encontraba
en Silleda cuando escuchó una conversación que le hizo ver una buena
oportunidad: un empresario con su chófer se dirigía hacia Ourense por negocios.
Evaristo dedujo rápidamente que llevaría dinero encima y buscó la manera de
conseguir que lo llevaran hasta O Carballiño, que era una de las paradas
previstas por el empresario. Durante el viaje fue ganándose la confianza de su
víctima y, con la excusa de venderle patata a buen precio, logró que se
desviara hacia Listanco, donde lo mató, le robó más de novecientas pesetas y
huyó con el automóvil. Al menos no acabó con la vida del chófer.
Aquel crimen marcó un punto de no
retorno. Ya no era un ladrón de poca monta ni un delincuente de caminos: era un
asesino. Y, sin embargo, Evaristo no pareció inmutarse demasiado. Quizás
llevaba demasiados años endureciéndose, demasiados años sobreviviendo en un
mundo que nunca le había dado nada.
Ese fue el más grave de sus crímenes, aunque
ya había herido gravemente a otra víctima con anterioridad. Conviene recordar
que, antes de estos últimos delitos, cumplía condena de seis años por un delito
cometido en Trives. Consiguió escapar, y fue entonces cuando se desencadenó
toda esta barbarie.
Con el botín del asesinato buscó refugio en
Vigo, pero en lugar de intentar pasar desapercibido comenzó a organizar un
grupo de criminales con los que tenía intención de atracar un banco y una de
las joyerías más prestigiosas de la ciudad. Vigo era entonces una ciudad en
plena efervescencia, portuaria y comercial, con suficiente movimiento de dinero
como para tentar a cualquiera. Evaristo creyó que allí podría desaparecer entre
la multitud y, al mismo tiempo, dar el golpe definitivo que lo pusiera a salvo
para siempre.
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| José Peréz Ávila en los 90.. |
La pena solicitada para Evaristo era la capital, la pena de muerte. Sin embargo, el saber hacer de uno de los mejores abogados que ha tenido Ourense, José Pérez Ávila, consiguió que la condena quedara en treinta y siete años de prisión. Una pena que, doy por hecho, cumplió en la cárcel ourensana, a la que habría que sumar el resto de condenas pendientes.
Toda una vida, perdida entre rejas. La
historia de Evaristo no es la de un villano de novela, sino la de un hombre al
que nadie enseñó a elegir bien, y que tampoco supo encontrar solo el camino
correcto. Una historia triste, como tantas otras que se escribieron en aquellos
años duros, y que conviene no olvidar.


