Oficios del pasado:
Vendedor de
entradas de espectáculos
Es una realidad incontestable que antes no existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes. Sin embargo, nuestros mayores se las ingeniaban para dar soluciones creativas a los problemas cotidianos de la época. Hoy en día, comprar una entrada para un concierto, una obra de teatro o una sesión cinematográfica es un acto mecánico que casi solo concebimos a través de una página web o una aplicación móvil. Los cines de estreno, cada vez con mayor frecuencia, centralizan sus ventas en internet, aunque de momento mantienen las taquillas. Si acaso, los estadios de fútbol es donde más necesarias son y aún conservan la clásica taquilla, donde todavía es habitual ver colas de aficionados los domingos por la tarde, aguardando su turno, horas antes del pitido inicial.
Hubo un
tiempo, en que la única opción aparente para asegurar un asiento en los eventos
era armarse de paciencia y hacer una larga fila ante la ventanilla. ¿O tal vez
no era la única vía? La historia de Ourense nos demuestra que la necesidad y la
picaresca bien entendida dieron origen a un oficio hoy extinto: el vendedor callejero y comisionista de
localidades.
Para
comprender la evolución de esta actividad, es de justicia rescatar aquellos
nombres propios que custodiaron los primeros talonarios de papel y matriz. El
primer taquillero del que se tiene constancia en la memoria popular era el
señor Pirús. Aunque el paso del
tiempo ha difuminado los detalles exactos de su biografía, los registros del
fútbol apuntan a que en la década de 1920, un jugador del Orense respondía a ese
apodo, por lo que es muy probable que se tratase de la misma persona vinculada
al club tras colgar las botas.
Los
aficionados más veteranos quizás recuerden aquella pequeña caseta de madera
instalada estratégicamente en la céntrica calle del Paseo, justo en la esquina
del emblemático chalet de Losada. Aquella modesta construcción supuso una
auténtica revolución para la comodidad de los ciudadanos. Allí podías adquirir
tu entrada, sin la necesidad de desplazarte primero hasta el viejo campo Loña
o, más tarde, a las modernas instalaciones del Estadio del Couto. El siguiente
paso natural en esta evolución urbana llegó cuando el club habilitó las
taquillas en el propio recinto del Estadio del Couto. Allí continuó don Juan
Rego durante años, despachando billetes. Cuando las fuerzas flaquearon y
decidió retirarse, el testigo pasó a manos del señor Pereira. El último eslabón
de esta cadena de taquilleros oficiales fue Marina; una mujer sumamente popular
en el Ourense de la segunda mitad del siglo XX, ya que compaginaba esta labor
dominical con la regencia de su conocido quiosco de prensa situado en la calle
del Villar.
Sin embargo,
me estoy guardando intencionadamente una última figura en la manga. Un
personaje crucial en el paisaje urbano de aquel Ourense en blanco y negro que,
a cambio de unos pocos reales o de la simple generosidad del comprador, era
capaz de ahorrarte las incómodas colas bajo la lluvia gallega, los
desplazamientos de última hora y la terrible incertidumbre de quedarte a las
puertas del gran evento tras haberse colgado el cartel de «no hay billetes»,
esto ocurría pocas veces, pero….
1978 Severino Pintos Salgado en la calle del Paseo despachando entradas del Couto. Los vinos, la Regidora, el Coralín. el Recaredo, el Miño…, eran otros locales donde encontrarlos
Antes de que
este oficio se normalizara, existieron precedentes más informales. El más
recordado era el gran Paco Madrid (lo de Paco es en todos los sentidos, grande
como persona y grande de tamaño). Paco realizaba una actividad que hoy rozaría
la reventa, aunque en aquel contexto se entendía como un favor personal
remunerado. Conseguía entradas bien ubicadas cuando eran numeradas y las reservaba
en exclusiva para aquellos que él denominaba con orgullo sus «socios». A cambio
de asegurarles el acceso al partido o a la función cinematográfica, Paco les
ganaba un buen extra económico bajo mano, operando siempre al filo de la
estricta legalidad de la época.
La verdadera
transformación y dignificación del oficio llegó en el año 1948 de la mano de
Severino Pintos Salgado. Funcionario municipal y vecino del barrio del Couto,
Severino era un hombre respetado que contaba con la absoluta confianza de la
junta directiva del club de fútbol. Esa intachable reputación le abrió de par
en par las puertas para oficializar la actividad que antes se hacía de
tapadillo. Para ejercer su labor sin contratiempos, Severino obtuvo los
permisos necesarios: las autorizaciones del club o de los promotores cuando se
trataba de eventos deportivos —que iban desde el fútbol, hasta las veladas de
boxeo, pasando por las corridas de toros—, y el permiso del Concello de Ourense
cuando el espectáculo consistía en los concurridos asalto baile del jardín del Posío
u otras variedades artísticas locales.
A diferencia
del método de Paco Madrid, el sistema de Severino era notablemente más ético y,
a la postre, igual de rentable. Severino no imponía un recargo fijo sobre el
precio de la entrada. Él se limitaba a ofrecer el servicio a pie de calle, y
ganaba exclusivamente lo que la gente, de manera voluntaria y agradecida, le
dejaba como propina o «voluntad».
Para
constatar que este servicio alternativo era un negocio próspero y demandado por
la sociedad ourensana, basta señalar que, con el tiempo, la ciudad llegó a mantener
a tres de estos vendedores autorizados operando simultáneamente: el propio
Severino Pintos, su hermano José Pintos y un tercer personaje popularmente
conocido como «El Coruña».
La jornada de trabajo de estos hombres seguía un rito preciso. Lo normal era que, dos o tres horas antes del comienzo del evento, se dejaran ver por la calle del Paseo, siempre en las inmediaciones de la taquilla oficial que allí se ubicaba, captando a los rezagados o a aquellos que preferían evitar la aglomeración. No obstante, el verdadero corazón de su oficio latía en la hostelería local. Las cafeterías, tabernas y restaurantes más frecuentados del Ourense de la época constituían sus verdaderas oficinas comerciales. Los clientes habituales sabían perfectamente que podían encontrar a Severino o a sus compañeros entre las mesas y barras de establecimientos tan emblemáticos como el café La Regidora, el Coralín, el Recaredo, el Miño o en la zona de los vinos.
En las
grandes ocasiones, cuando visitaba El Couto un rival de entidad o se programaba
un espectáculo de enorme repercusión, el ritmo habitual de la ciudad se
revolucionaba por completo. En esos días señalados, el vendedor callejero se
convertía en la persona más buscada de Ourense. Era entonces cuando entraba en
juego el arte de «tirar de libreta». Con días de antelación, estos
profesionales apuntaban los encargos de sus clientes fijos asegurando la entrada.
En los últimos tiempos, cuando en el estadio se llegaban a abrir hasta cuatro
taquillas los vendedores se colocaban estratégicamente en la calle Ervedelo.
La
remuneración de este oficio se basaba, como ya he dicho, en el concepto
histórico de «la voluntad». El beneficio dependía por completo de la
generosidad de los parroquianos y de la coyuntura económica del momento; una
dinámica laboral incierta sobre la que los propios trabajadores solían ironizar
con una frase lapidaria que definía las oscilaciones de su fortuna y el ánimo
de la clientela: ¡la voluntad, es como las ganas de trabajar!, «O no las hay, o
son pocas». Con el cierre de los viejos teatros, la remodelación de las
estructuras de los clubes de fútbol y, finalmente, la llegada imparable de la
informática, la libreta de Severino y el pregón callejero de las entradas
pasaron a formar parte exclusiva del patrimonio nostálgico de la ciudad.







