"La Granadina" El
Aroma de la Nostalgia:
Es frecuente que, cuando cierra algún
comercio histórico, hagamos un repaso por los que aún resisten. Hoy, si
buscamos negocios con verdadera solera, la realidad es que queda muy poco.
Desaparecidas ya las armerías de Marcial Feijóo y La Lira, junto a templos del
sabor como La Ibense y El Cortijo, hoy debemos refugiarnos en el ramo sanitario
para encontrar establecimientos centenarios: La Casa de los Lentes, junto a
farmacias como Román, Fábrega o Bouzo, componen esa escasa oferta.
Sin embargo, hay
más. Es posible que para incluirlos tengamos que ampliar el rango de años, pero
creo que es de justicia mencionar al Pepinillo, El Couto y, por supuesto, a
este establecimiento al que rindo homenaje hoy. LA GRANADINA.
Hay recuerdos que no se guardan oen
la vista, sino con el olfato. Para cualquier ourensano que recorriera el Paseo
o las inmediaciones de la calle Cardenal Quiroga desde comienzos de los años
sesenta, existe una fragancia imborrable que actúa como una máquina del tiempo.
Era un perfume denso, dulce y tostado que anunciaba, mucho antes de divisar el
mostrador, que estábamos cerca de Don Nicolás Remacho Rus y su
inseparable compañera en el arte del azúcar. Hablamos de "La
Granadina", aunque para la mayoría de nosotros, aquel rincón de
felicidad siempre será recordado simplemente como "La Garrapiñada".
El Ourense
de aquella época tenía sus ritos. El paseo dominical, el estreno de las ropas
en las fiestas de verano y, por supuesto, la obligada —o evitada— parada en el
puesto de Nicolás. Para nuestras madres y abuelas, aquel lugar era a menudo una
"zona de peligro". Sabían que, al acercarse a las escaleras de Santa
Eufemia, la batalla estaba perdida. Los más pequeños, guiados por un instinto
primario que nos hacía ignorar cualquier advertencia, nos sentíamos atraídos
como por cantos de sirena hacia aquel despliegue de colores brillantes y aromas
embriagadores.
Mientras las
autoridades maternas intentaban acelerar el paso para evitar el inminente
"conflicto" por el dulce, nosotros ya estábamos hipnotizados. Allí,
tras el mostrador, Nicolás operaba con la precisión de un alquimista,
adaptándose a las "necesidades" del momento o al ritmo de la demanda
de una ciudad que parecía no saciarse nunca de sus creaciones.
El
repertorio de "La Granadina" era un espectáculo para los cinco
sentidos. Si Nicolás estaba en plena faena de preparación, el olor de las almendras
garrapiñadas (o los cacahuetes, según el día) inundaba la calle. Ver cómo
el azúcar se transformaba en esa costra rugosa y crujiente sobre el fruto seco
era casi hipnótico. Las almendras se servían en bolsitas de unos 150 gramos, el
tamaño justo para que duraran lo que duraba el paseo, aunque rara vez llegaban
intactas al cruce siguiente.
Pero el
despliegue visual no terminaba ahí. En las bandejas, relucían las famosas manzanas
caramelizadas. Eran esferas de un rojo intenso, casi irreales, que
desafiaban nuestra capacidad de morder sin pringarnos enteros. Aquellas
manzanas, sujetas por su palo de madera, eran el trofeo máximo de cualquier
tarde de fiesta. Y junto a ellas, las piruletas y paletas de caramelo rojo,
delicias de una simplicidad sublime que hoy parecen haber desaparecido ante la
invasión de la golosina industrial.
Sin embargo, si hubo una estrella que marcó la diferencia en "La Granadina", fueron aquellas planchas de caramelo con cacahuetes incrustados. Nicolás las extendía sobre el mostrador y las cortaba "a ojo", con una maestría que solo dan los años de oficio. Eran trozos irregulares, potentes y únicos. Muchos de los que hoy peinamos canas seguimos buscando, sin éxito, ese sabor exacto en las ferias actuales, pero aquel equilibrio entre el tostado del cacahuete y el punto justo del caramelo parece haberse ido con él.
Como bien
recordamos, no solo el gusto y el olfato participaban en el ritual. El tacto y
el oído jugaban su papel, aunque a veces con consecuencias "trágicas"
para nuestra vestimenta. Las manos pequeñas tenían serias dificultades para
gestionar aquel manjar pegajoso. El crujido del caramelo al romperse bajo los
dientes era música para nuestros oídos, pero el inevitable rastro de azúcar en
los dedos terminaba, casi siempre, en el jersey.
¿Quién no
recuerda la voz de su madre riñendo mientras intentaba, en vano, limpiar con un
pañuelo de tela aquella mancha de caramelo rojo antes de que se secara? "¡Ay,
que no se puede ir contigo a ningún lado!", nos decían, mientras
nosotros seguíamos saboreando los últimos restos de la almendra, ajenos al
drama de la colada.
Hoy, al
pasar por esos mismos rincones del Paseo o Santa Eufemia, el aire parece más
ligero, menos denso. Falta ese humo dulce que salía del puesto de Don Nicolás.
Pero gracias a documentos como estos y a la memoria colectiva de quienes
disfrutamos de sus manzanas y sus garrapiñadas, "La Granadina" sigue
viva en el catálogo de nostalgias de Ourense no Tempo.
Afortunadamente, el hilo de esta historia no se ha roto del todo. La Granadina continúa abierta y,
lo que es más importante, un Remacho
sigue hoy al frente del negocio, manteniendo viva la llama de una tradición
familiar que es ya patrimonio de nuestra ciudad.
Sin embargo, los tiempos han cambiado y, con ellos, las
exigencias. Las reglamentaciones actuales, estrictas en sus protocolos, limitan
mucho la estampa que recordamos de antaño. Aunque no manejo los datos técnicos,
es de suponer que aquellas bandejas de manzanas descubiertas o las planchas de
caramelo con cacahuete expuestas directamente sobre el mostrador no encajarían
en los estándares de higiene contemporáneos.
Aun así, todavía es posible ver cómo se elaboran con
esmero las almendras y cacahuetes
garrapiñados, que se empaquetan de manera diligente para el cliente de hoy.
Pero, sinceramente, ¿no os gustaría volver a saborear uno de aquellos productos
tal y como eran antes?. Personalmente, creo que entraña más peligro el consumo
de tantas chucherías actuales, saturadas de conservantes y saborizantes
artificiales, que aquella sana y brillante manzana caramelizada que marcaba el
paso de nuestros veranos.



